
Por Peter Cronkleton, Natalia Cisneros y Dominique le Roux (CIFOR-ICRAF) y Miriam Seemann (GIZ)
El proyecto «Paisajes Resilientes», que se desarrolló en las cuencas de los ríos Paraguá, San Martín y Zapocó, utilizó los retos comunes relacionados con el agua como punto de partida para reunir a comunidades indígenas, agricultores migrantes, ganaderos, ayuntamientos y autoridades departamentales en torno a una gestión coordinada del paisaje.
La iniciativa reforzó los comités de gestión de subcuencas ya existentes, que se convirtieron en plataformas para el diálogo, la planificación conjunta y la resolución colectiva de problemas. A través de estos espacios, las partes interesadas lograron conciliar prioridades contrapuestas en materia de uso del suelo, al tiempo que identificaban respuestas prácticas a la escasez de agua, la variabilidad climática y la degradación de los ecosistemas. La gestión de cuencas hidrográficas contribuyó a armonizar los intereses entre los distintos sectores, vinculando los conocimientos locales con enfoques técnicos como la adaptación basada en los ecosistemas, la agrosilvicultura y la mejora de la gestión del agua en los sistemas productivos.
Con el tiempo, estas plataformas colaborativas fueron más allá de la mera coordinación. Los sistemas de seguimiento participativo, las plataformas de datos compartidos y los instrumentos de planificación regional contribuyeron a plasmar el diálogo en mecanismos formales de gobernanza integrados en las políticas municipales y departamentales. Los mecanismos financieros destinados a apoyar la producción sostenible contribuyeron a armonizar aún más los incentivos económicos con los objetivos a escala del paisaje.
La experiencia en la Chiquitanía muestra cómo la GIP puede pasar de una colaboración basada en proyectos a marcos institucionales duraderos. Al utilizar la gestión de cuencas hidrográficas como punto de partida práctico, al tiempo que se fortalecen los sistemas de gobernanza, Paisajes Resilientes —implementado por GIZ y financiado por la Unión Europea y el Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania (BMZ)— contribuyó a convertir las plataformas de múltiples partes interesadas en bases políticas duraderas para la resiliencia del paisaje.
Sobre el paisaje
El paisaje se extiende desde el bosque árido chiquitano —el mayor de su tipo en el mundo— hasta los bosques amazónicos húmedos del norte. Esta zona proporciona servicios ecosistémicos vitales, como la regulación del agua, el almacenamiento de carbono y la conservación de la biodiversidad, al tiempo que sustenta los medios de vida de las personas que allí residen. Se trata de una importante zona en la que interactúan múltiples partes interesadas y en la que los bosques, los recursos hídricos y las diversas comunidades están estrechamente interconectados. Sin embargo, la región se enfrenta a retos acuciantes, entre los que se incluyen la deforestación generalizada, la escasez de agua y las demandas contrapuestas de uso del suelo por parte de la agricultura insostenible (especialmente la producción de soja), la ganadería y la tala ilegal. El paisaje es especialmente vulnerable a los incendios forestales. La gobernanza fragmentada y los diversos intereses —económicos, culturales y medioambientales— siguen siendo obstáculos clave para los esfuerzos destinados a promover la sostenibilidad a largo plazo. Estas presiones perjudican la capacidad reguladora de los ecosistemas y tienen graves consecuencias socioeconómicas para las familias indígenas y los pequeños productores, que se caracterizan por elevadas tasas de pobreza y un acceso limitado a los servicios básicos.
Las dimensiones de la GIP en el paisaje de «Paisajes Resilientes»
La GIP es un proceso que fomenta la sostenibilidad y la resiliencia de los paisajes mediante estrategias adaptativas, inclusivas e integradoras. Los enfoques de la GIP abordan los retos que plantea una gestión desarticulada de los recursos naturales, en la que las partes interesadas tienen agendas diferentes, los sectores están mal coordinados y las competencias jurisdiccionales se solapan, lo que da lugar a consecuencias no deseadas en los ecosistemas. En este enfoque, los paisajes se consideran sistemas socioecológicos en los que la integración de los procesos humanos y ambientales es crucial para la sostenibilidad a largo plazo.
La GIP eficaz puede entenderse a través de seis dimensiones:
- identificación y participación de las partes interesadas;
- promoción de procesos en los que participen múltiples partes interesadas;
- el desarrollo de una visión paisajística común;
- institucionalización de los mecanismos de gobernanza;
- gestión adaptativa e iterativa; y
- desarrollo de soluciones técnicas y políticas específicas para cada contexto.
Este estudio de caso analiza cada una de estas dimensiones, aunque la sexta —la adaptación de las soluciones a las necesidades locales— no se aborda por separado, ya que está integrada en toda la descripción de las acciones y estrategias del proyecto.

Identificación de las partes interesadas
El proyecto «Paisajes Resilientes» adoptó el método Capacity WORKS para la identificación de las partes interesadas, una herramienta sistemática que clasificó a estas en función de dimensiones fundamentales como su influencia, sus intereses y sus interacciones dentro del paisaje. Este enfoque permitió al proyecto ir más allá de la simple identificación de las partes interesadas para descubrir también las agendas de cada una de ellas, los intrincados vínculos y las relaciones institucionales entre los grupos, así como las áreas de tensión entre ellos.
El sistema de gobierno descentralizado de Bolivia hizo que los gobiernos municipales de San Ignacio de Velasco y Concepción, el gobierno departamental de Santa Cruz y el Gobierno nacional desempeñaran un papel activo en la gestión del paisaje. Aunque sus responsabilidades se articulaban dentro de una jerarquía anidada, persistían las tensiones entre las jurisdicciones locales y nacionales debido a visiones contradictorias, mandatos superpuestos y agendas divergentes.
El proyecto «Paisajes Resilientes» identificó a los pequeños agricultores de unas 80 comunidades, entre las que se incluían tanto poblaciones indígenas como migrantes, como partes interesadas clave. Los pueblos indígenas, compuestos por las comunidades chiquitano, guarayo y guarasugwé, eran los ocupantes originales de los paisajes y poseían profundos vínculos culturales y conocimientos tradicionales fundamentales para la gestión de los recursos hídricos y forestales. Las comunidades migrantes, conocidas popularmente como comunidades «interculturales», eran colonos de origen étnico mixto procedentes de las tierras altas, atraídos por los programas de reasentamiento iniciados por el Gobierno nacional para poblar terrenos forestales públicos considerados aptos para la colonización. Las estrategias agrícolas de los migrantes se asociaban a una deforestación descontrolada que alteraba el paisaje boscoso. Los conflictos territoriales provocados por la migración reflejan el contexto político altamente polarizado de Bolivia.
Otros actores del sector agrícola identificados como factores que generan presiones económicas y la sobreexplotación de los recursos fueron los ganaderos y las agroindustrias. Los ganaderos de mediana y pequeña escala se mostraron abiertos a colaborar con el proyecto Paisajes Resilientes, pero algunos grandes ganaderos y agroindustrias (por ejemplo, los productores de soja) entraron en conflicto con otras partes interesadas y se resistieron a sumarse a las iniciativas de Paisajes Resilientes. Los ganaderos más grandes, que gozaban de poder económico y conexiones políticas, actuaban con frecuencia sin consultar al gobierno local ni a otras partes interesadas. Su uso extensivo de la tierra fue un importante factor de la deforestación y la degradación del paisaje, como cuando alteraron el curso de los afluentes en la cuenca hidrográfica para crear pequeños embalses para su ganado, lo que afectó a la disponibilidad de agua superficial aguas abajo.
El análisis de las partes interesadas puso de manifiesto importantes carencias y oportunidades; por ejemplo, el hecho de que las mujeres estuvieran ausentes de los procesos de toma de decisiones, a pesar de su papel fundamental en la producción doméstica y la gestión de los recursos. En consecuencia, el proyecto dio prioridad a las mujeres para garantizar que se reconocieran sus opiniones y sus aportaciones. Además, las estructuras de gobernanza fragmentadas constituían obstáculos para la gestión eficaz de los recursos compartidos, y las tensiones entre los gobiernos locales y nacionales, así como la superposición de competencias, dificultaban la coordinación de esfuerzos. El análisis puso de relieve los conflictos emergentes entre los pueblos indígenas tradicionales y los nuevos colonos, en particular aquellos dedicados a la agricultura extensiva y la ganadería. Estas tensiones reflejaban un contexto político polarizado, en el que las prácticas contradictorias de uso de la tierra ponían en tela de juicio los sistemas de gestión tradicionales.

Procesos de múltiples partes interesadas
Al involucrar a las partes interesadas de distintos sectores y a distintos niveles, las plataformas de múltiples partes interesadas (MSP) promovieron la armonización de objetivos y el desarrollo de estrategias comunes entre los participantes, aspectos que resultan esenciales para la gestión sostenible de la tierra y los recursos en entornos sociopolíticos complejos.
Dadas las disputas territoriales, la fragmentación de la gobernanza y las presiones económicas en el paisaje de la Chiquitanía, la creación de áreas de protección especial (MSP) podría fomentar el diálogo y la cooperación entre los diversos actores, incluidos aquellos con intereses contrapuestos. Sin embargo, la gran extensión del paisaje y la falta de infraestructuras dificultaban que las partes interesadas participaran en procesos colectivos. En total, las cuencas hidrográficas abarcan 61 034 km², por lo que, para facilitar la gestión de este inmenso paisaje, el proyecto subdividió las tres cuencas (Paraguá, San Martín y Zapocó) en ocho subcuencas más pequeñas. Dentro de estas subcuencas, Paisajes Resilientes estableció o reactivó ocho comités de gestión a nivel de subcuenca basados en las estructuras de gobernanza locales. Los comités incluían a comunidades rurales, autoridades municipales de San Ignacio de Velasco y Concepción, ONG que prestaban apoyo técnico y el sector privado, como asociaciones de productores dedicadas a la agricultura, la silvicultura y la ganadería. Estos comités coordinaron los esfuerzos para implementar actividades de gestión sostenible del agua y los recursos en la región. Esta colaboración entre múltiples partes interesadas facilitó una toma de decisiones más inclusiva, coordinó conjuntamente los instrumentos de planificación e integró los conocimientos locales con las estructuras formales de gobernanza.
Además, el proyecto «Paisajes Resilientes» puso en marcha iniciativas de gobernanza participativa en el marco del Programa de Gestión del Agua para la Vida, que desempeñó un papel fundamental en la promoción de la gobernanza del agua en la Chiquitanía. El programa contribuyó a facilitar la coordinación entre las partes interesadas y a elaborar un plan de acción y financiación en materia de agua y clima con objetivos a corto, medio y largo plazo. Trabajó para equilibrar las necesidades de conservación y de medios de subsistencia, e integrar los sistemas tradicionales de gobernanza indígena con enfoques técnicos de conservación para mejorar la seguridad hídrica en el contexto local.

Visión común
Para lograr resultados sostenibles en la GIP, es necesario comenzar por definir una visión común que concilie los intereses diversos —y, en ocasiones, contradictorios— de las principales partes interesadas.
Cuando Paisajes Resilientes se incorporó al proyecto de la Chiquitanía, no existía una visión compartida explícita, elaborada conjuntamente con todas las partes interesadas, que sirviera de guía para los procesos de la GIP. Sin embargo, estaba claro que existía una visión implícita.
El enfoque de «Paisajes Resilientes» se centró en definir objetivos que se ajustaran a las realidades locales en materia de gestión sostenible de los recursos y gobernanza. Durante la fase de diseño, el personal del proyecto colaboró con representantes del Gobierno Departamental de Santa Cruz y otras partes interesadas para identificar las cuencas hidrográficas de Paraguá y San Martín como áreas prioritarias para la gestión integrada de cuencas, debido a los impactos de los incendios forestales en la zona de la Chiquitanía en 2019. Durante las etapas iniciales, las partes interesadas locales presionaron para que se incluyera la subcuenca del Zapocó en el paisaje, ya que constituía una importante fuente de agua para las capitales municipales. Los intereses compartidos en materia de seguridad hídrica proporcionaron una base implícita para una visión común arraigada en la protección de los sistemas de conocimiento indígenas y el patrimonio cultural, con miras a medios de vida sostenibles que pudieran complementar la conservación de la biodiversidad.
La visión sitúa al agua como el elemento central unificador, reflejando su importancia cultural, ecológica y económica en la región. Tal y como señaló un representante de Paisajes Resilientes: «El agua es, a la vez, el hilo conductor y la solución que une a todos los habitantes». El proceso de implementación del proyecto se vio respaldado por el diálogo y talleres que incorporaban la cosmovisión chiquitana. La narración de historias ayudó a los participantes a ilustrar la interconexión entre los sistemas terrestres y acuáticos. Este esfuerzo colaborativo dio como resultado un documento de visión firmado por más de 200 miembros de la comunidad y organizaciones, que simboliza un compromiso colectivo con la gestión sostenible del paisaje. Posteriormente, las encuestas de Paisajes Resilientes revelaron que el 85 % de los participantes se sentían más conectados con el proyecto tras haber contribuido a la visión. El documento se revisó en las reuniones del comité de gestión para abordar los retos cambiantes, garantizando que siguiera respondiendo a cuestiones como las sequías y los conflictos por los recursos.
A pesar de las dificultades iniciales derivadas de la falta de una visión predefinida y explícita, la flexibilidad del proyecto permitió que dicha visión surgiera de forma orgánica, lo que puso de relieve el valor de unos objetivos abiertos que evolucionan al ritmo de las necesidades de la comunidad.

Institucionalización
Para que las intervenciones paisajísticas sean duraderas, es necesario integrar en las instituciones y los sistemas existentes procesos de planificación y toma de decisiones que sean participativos, adaptativos e intersectoriales. En la práctica, la institucionalización de la GIP puede suponer un reto.
Las cuencas hidrográficas de los ríos Paraguá y San Martín constituyen una unidad geográfica y biofísica reconocida, pero, como paisaje, no forman una zona administrativa o de gobernanza diferenciada. Las cuencas hidrográficas abarcan múltiples jurisdicciones, ya que se encuentran dentro de los municipios de San Ignacio de Velasco, Concepción, Urubichá y San Miguel de Velasco, todos ellos pertenecientes al departamento de Santa Cruz. Esto da lugar a un complejo mosaico de jurisdicciones políticas, lo que complica la gobernanza en el paisaje.
Las áreas de conservación y los territorios indígenas, cada uno con sus propias normas de uso sostenible, reforzaron la protección de las fuentes de agua fundamentales e integraron las medidas de conservación en los estatutos de gobernanza local. El Parque Nacional Noel Kempff Mercado, que existe desde hace décadas, bordea el paisaje por el este. La TCO (una forma de propiedad comunal indígena) de Bajo Paraguá, que abarca el extremo norte del paisaje, ofrece un modelo diferente de gobernanza del paisaje. Las TCO cuentan con organizaciones de gobernanza representativas y tienen derechos y responsabilidades de gestión sobre los recursos naturales dentro de sus territorios. El proceso de implementación de la TCO institucionalizó las prácticas consuetudinarias al respetar e integrar los sistemas de gobernanza indígenas para la toma de decisiones a nivel local. Los líderes indígenas establecieron normas tradicionales para el uso de los recursos, que se incorporaron a los marcos formales de gobernanza. Este reconocimiento del conocimiento ancestral reforzó la legitimidad de las decisiones de gobernanza y fortaleció el vínculo de la comunidad con las iniciativas del proyecto.
El proyecto «Paisajes Resilientes» contribuyó al desarrollo de marcos normativos destinados a facilitar la GIP, entre los que se incluyen el Plan Departamental de Seguridad Hídrica y Cambio Climático del Gobierno de Santa Cruz y su Plan Territorial de Desarrollo Integral, cuyo objetivo es mejorar la gestión de las cuencas hidrográficas mediante la colaboración con las partes interesadas locales. Asimismo, se establecieron áreas de conservación con normativas de uso sostenible, integrando medidas de conservación en las estructuras de gobernanza locales. Las alianzas desempeñaron un papel fundamental en la institucionalización de los esfuerzos del proyecto.
Con el fin de facilitar la toma de decisiones estratégicas y la gestión de recursos, el proyecto Paisajes Resilientes contribuyó al desarrollo del Sistema Integrado de Monitorización Ambiental (SIMA), una plataforma de datos de acceso público diseñada para respaldar la toma de decisiones basada en datos empíricos en materia de resiliencia climática, gestión de recursos naturales y reducción de riesgos. SIMA es una plataforma de seguimiento colaborativo y apoyo a la toma de decisiones en materia de cambio climático y seguridad hídrica. Ofrece una fuente centralizada y de libre acceso de datos hídricos y medioambientales para mejorar la planificación y la gestión de riesgos con información actualizada.
SIMA recopila información de dos estaciones meteorológicas automatizadas situadas en las cuencas de San Martín y Paraguá, y ofrece un marco que permite a organismos gubernamentales, universidades, ONG y comunidades locales subir información relacionada con las fuentes de agua, la calidad del agua, los incendios, la deforestación y las actividades de restauración en las zonas afectadas por los incendios. Al involucrar a estas diversas partes interesadas, los participantes se aseguraron de que la plataforma reflejara las realidades territoriales y crearan una base sólida para la apropiación a largo plazo. SIMA ha evolucionado aún más con el establecimiento de una red de monitoreo participativo, que recopila datos locales sobre las condiciones de las aguas subterráneas y superficiales, así como información hidrometeorológica. Estos datos generados por la comunidad refuerzan la apropiación local y mejoran la precisión del sistema. Paralelamente, SIMA incorporó un módulo de seguimiento del cambio climático y la seguridad hídrica, diseñado para fortalecer las condiciones propicias para la financiación climática. Al alinear la recopilación de datos con los requisitos de los compromisos climáticos nacionales y los procesos de planificación municipal, la plataforma contribuye a una mejor gestión de riesgos y abre la puerta a nuevas inversiones en resiliencia.
Una vez que entró en funcionamiento, Paisajes Resilientes transfirió el SIMA a la Secretaría de Desarrollo Sostenible y Medio Ambiente del Gobierno Departamental de Santa Cruz. La Universidad Católica de Bolivia creó el Centro de Investigación para el Desarrollo Sostenible del Este de Bolivia para que actuara como brazo técnico del SIMA. Los gobiernos municipales de Concepción y San Ignacio de Velasco aprobaron leyes de conservación del agua que reconocían al SIMA como la herramienta oficial para la gestión de la información.
El proyecto «Paisajes Resilientes» también ha respaldado la creación de dos mecanismos financieros destinados a apoyar la gestión del agua en la región. El primero, el Fondo del Agua de la Chiquitanía, es una asociación público-privada destinada a financiar proyectos relacionados con el agua, tales como sistemas de agua potable y análisis de rentabilidad para inversiones en infraestructuras. El segundo es una línea de crédito para la producción ganadera sostenible y libre de deforestación, que respalda proyectos piloto destinados a poner a prueba estrategias de producción innovadoras para las explotaciones ganaderas de la región. Ambos mecanismos son administrados por el Banco de Desarrollo de Bolivia.
Con el fin de garantizar la sostenibilidad del enfoque de la GIP, el proyecto puso en marcha programas de desarrollo de capacidades dirigidos a organismos gubernamentales subnacionales y locales, así como a las partes interesadas locales. La formación tenía por objeto reforzar tanto las competencias técnicas como las habilidades interpersonales para la planificación relacionada con la gestión de los recursos hídricos, la gobernanza del agua y la adaptación al cambio climático. Estos diversos programas de formación capacitaron a más de 200 partes interesadas locales (el 60 % mujeres), fomentando una nueva generación de líderes capaces de sostener los procesos de gobernanza a nivel comunitario y municipal.
A pesar de retos como las transiciones políticas y la escasez de recursos, la integración de estrategias de la GIP en los planes municipales y su armonización con las políticas nacionales generó resiliencia, garantizando la sostenibilidad de los marcos de gobernanza más allá del plazo del proyecto.

Aprendizaje y adaptación iterativos
El enfoque de «Paisajes Resilientes», que consiste en dividir el paisaje en unidades de gestión de subcuencas, permitió al proyecto centrarse en áreas más manejables sin dejar de mantener una perspectiva más amplia e integrada. Los esfuerzos para abordar la gobernanza se concentraron en cuatro de las subcuencas, lo que permitió intervenciones adaptadas que reflejaban las condiciones ambientales y sociales locales. Esto mejoró la participación de las partes interesadas y creó oportunidades para que los participantes influyeran en los procesos de gobernanza.
Los ciclos regulares de retroalimentación y el diálogo constructivo en el seno de los comités de gestión permitieron a las partes interesadas evaluar de forma colaborativa los resultados de las intervenciones del proyecto. Las consultas del proyecto con estos comités sirvieron de base para la selección de iniciativas, garantizando que estas respondieran a las realidades locales. El diálogo continuo permitió al proyecto adaptar y ampliar las prácticas exitosas, empoderando a las comunidades para que se apropiaran de las soluciones y generando confianza en el proceso de gobernanza. Un ejemplo fue el programa de desarrollo del liderazgo para la gobernanza comunitaria del agua, creado en respuesta a las deficiencias de capacidad identificadas. Se formó a más de 120 líderes, muchos de los cuales pasaron a desempeñar un papel activo en la gobernanza local. Del mismo modo, un intercambio sobre liderazgo femenino pasó de ser un evento único a constar de múltiples sesiones debido a la creciente demanda y participación. Este énfasis en el liderazgo femenino no solo empoderó a las participantes, sino que también enriqueció los procesos de gobernanza al fomentar perspectivas diversas y una toma de decisiones inclusiva.
El proyecto también puso en marcha cinco iniciativas piloto diferentes para probar y perfeccionar medidas de adaptación basadas en los ecosistemas, como la introducción de prácticas agroecológicas con grupos liderados por mujeres y la mejora de los sistemas silvopastorales. Junto con los ganaderos de pequeñas y medianas explotaciones, se exploraron prácticas de gestión del agua, como el diseño y el uso racional de los abrevaderos para el ganado («atajados»). Estos esfuerzos, que incentivaban prácticas de uso sostenible de la tierra, contaron con el respaldo de mecanismos financieros alternativos que abordaban el acceso limitado al crédito entre los ganaderos (solo alrededor del 30 % tenía acceso al crédito antes de estos programas).
Aunque el enfoque de «Paisajes Resilientes» se enfrentó a dificultades debido a los cambios políticos y a las limitaciones de recursos, el énfasis del proyecto en el aprendizaje continuo y en la retroalimentación impulsada por la comunidad permitió que las estructuras de gobernanza se mantuvieran resilientes y capaces de responder a las necesidades cambiantes.
Conclusiones
El proyecto «Paisajes Resilientes en la Chiquitanía» pone de manifiesto la importancia de realizar un análisis inicial de las partes interesadas para clasificarlas en función de su influencia, sus intereses y sus interacciones dentro del paisaje. Esto facilitó la identificación de alianzas estratégicas desde el principio, lo que permitió una colaboración continuada entre las partes interesadas una vez finalizado el proyecto. Por ejemplo, dos ONG nacionales, el CIPCA (Centro de Investigación y Promoción del Campesinado) y la FCBC (Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano), continuaron apoyando intervenciones como la promoción de sistemas agroforestales.
Los procesos de participación múltiple (MSP), en los que participaron diversas partes interesadas del sector privado, organismos públicos y la sociedad civil, plantearon el reto de conciliar agendas distintas, pero también de adoptar un lenguaje adecuado. En esta experiencia, el sector privado se interesó principalmente por cuestiones técnicas especializadas y por el análisis de costes y beneficios correspondiente. El sector público buscaba la alineación con los objetivos nacionales de desarrollo y cambio climático. La sociedad civil y las organizaciones indígenas buscaban la seguridad de sus derechos sobre los recursos. Dado que las comunidades eran partes interesadas clave, el enfoque de los procesos de múltiples partes interesadas requirió la adopción de un lenguaje menos técnico, la presencia de traductores y el uso de ejemplos de su vida cotidiana.
Una gobernanza eficaz del paisaje comienza por colaborar con las instituciones y prácticas locales existentes, y por adaptarse a las dinámicas sociales y medioambientales vigentes, en lugar de imponer nuevas estructuras. Canalizar los debates sobre la GIP a través de los comités de gestión de subcuencas facilitó la interacción y mantuvo un fuerte enfoque en las cuestiones de relevancia local. Este enfoque puso de manifiesto la eficacia de reforzar las estructuras e iniciativas existentes en lugar de crear otras nuevas. Facilitar un diálogo constructivo y sesiones periódicas de retroalimentación dentro de los comités de gestión fomentó aún más el aprendizaje iterativo y contribuyó a la planificación de las actividades de gestión. El enfoque de desarrollo de capacidades de Paisajes Resilientes hizo hincapié en el «aprendizaje mediante la práctica» y el intercambio de conocimientos, garantizando que las intervenciones de gestión se centraran en cuestiones relevantes para los participantes a diferentes escalas y se adaptaran más estrechamente a los contextos locales.
En general, la experiencia de «Paisajes Resilientes» demuestra que la GIP resulta más eficaz cuando se basa en las realidades locales, se apoya en las estructuras de gobernanza existentes y fomenta la colaboración inclusiva entre múltiples partes interesadas. Al centrarse en el agua como elemento unificador, fortalecer los comités de gestión de subcuencas y promover el aprendizaje iterativo a través de procesos participativos, el proyecto mejoró la coordinación, la equidad y la apropiación local. Estos enfoques no solo mejoraron la resiliencia y la gobernanza de los recursos durante la implementación, sino que también crearon bases institucionales duraderas capaces de mantener los resultados a nivel del paisaje más allá de la duración del proyecto.