Colaboración inclusiva: Reconectando un sistema de humedal costero de Colombia

El proyecto «Paisajes Sostenibles» tenía como objetivo reforzar la gobernanza medioambiental y, al mismo tiempo, poner a prueba estrategias innovadoras para mejorar los medios de vida locales en un contexto caracterizado por la degradación ecológica, la fragmentación institucional y los bajos niveles de confianza entre los distintos actores.


El proyecto Paisajes Sostenibles fue diseñado para abordar los desafíos medioambientales y de gobernanza complejos de la Ciénaga Grande de Santa Marta (CGSM), el sistema estuarino costero más grande de Colombia. Implementado mediante un enfoque de Gestión Integrada del Paisaje (GIP), el proyecto buscó fortalecer la gobernanza ambiental al mismo tiempo que puso a prueba estrategias innovadoras para mejorar los medios de vida locales en un contexto marcado por la degradación ecológica, la fragmentación institucional, y los bajos niveles de confianza entre los actores del paisaje. 

Coordinado por FAO Colombia e implementado por el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (INVEMAR), el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible y WWF, y financiado por la Unión Europea en el marco del programa Herencia Colombia, liderado por Parques Nacionales Naturales de Colombia, el proyecto trabajó de manera articulada entre escalas y sectores. El enfoque de GIP proporcionó un marco para involucrar a instituciones gubernamentales, comunidades de pescadores artesanales, emprendimientos liderados por mujeres, organizaciones de la sociedad civil y actores del sector privado en torno a desafíos compartidos, particularmente en materia de gobernanza del agua y restauración de ecosistemas. 

Un énfasis central del proyecto fue la reconstrucción de relaciones entre actores e instituciones históricamente marginados, cuyas interacciones y tejido social se habían debilitado debido al conflicto armado, el desplazamiento y la presencia institucional intermitente. A través de procesos inclusivos y participativos, el proyecto contribuyó a la creación y fortalecimiento de plataformas multi-actor, facilitó el diálogo entre espacios de gobernanza fragmentados y promovió la resolución colectiva de problemas.

El proyecto también evidenció la importancia del aprendizaje adaptativo e iterativo. Soluciones técnicas —incluyendo innovaciones para el manejo de remoción de macrófitas y la gestión pesquera— fueron co-diseñadas y probadas junto con las comunidades, permitiendo alinear objetivos ambientales con beneficios para los medios de vida. En algunos casos, estas soluciones evolucionaron hacia actividades productivas autónomas generadoras de ingresos lideradas por grupos comunitarios. 

Si bien la construcción de confianza y la consolidación institucional continúan siendo desafíos en curso, la experiencia en la CGSM demuestra cómo la GIP puede contribuir a enfoques de gobernanza territorial más coordinados, participativos y resilientes en sistemas socioecológicos complejos. 

Sobre el paisaje

La Ciénaga Grande de Santa Marta (CGSM) es el sistema estuarino costero más grande de Colombia, ubicado principalmente en el departamento del Magdalena, en el Caribe colombiano. Es reconocida como Reserva de Biósfera y sitio Ramsar, abarcando más de 500,000 hectáreas y proporcionando servicios ecosistémicos clave como la pesca, la regulación hídrica, la captura de carbono, la conservación de la biodiversidad, el valor paisajístico y la identidad cultural de sus habitantes. 

Los humedales sostienen los medios de vida de más de 4,000 familias de pescadores artesanales en 26 municipios circundantes, incluyendo comunidades palafíticas y continentales cuya seguridad alimentaria depende directamente de la salud del ecosistema. Estas comunidades poseen conocimientos ancestrales profundos sobre las dinámicas estuarinas y reconocen la estrecha interdependencia entre el funcionamiento del ecosistema y el bienestar humano. 

A pesar de su importancia, la CGSM enfrenta presiones ambientales significativas. El desarrollo de infraestructura — en particular la construcción de carreteras que han bloqueado las entradas naturales de agua — ha interrumpido la conectividad hidrológica y alterado los regímenes de salinidad, contribuyendo a la degradación de los manglares y la proliferación de macrófitas. Estas presiones se ven agravadas por la expansión agroindustrial no regulada, la sobrepesca y la contaminación hídrica, lo que ha provocado una pérdida generalizada de la funcionalidad ecológica.

Estos desafíos ambientales se ven intensificados por limitaciones en la gobernanza efectiva entre las instituciones públicas y los actores locales. El conflicto armado y las dinámicas asociadas al narcotráfico han generando desplazamientos, tensiones y desconfianza generalizada, debilitado el tejido social y restringiendo las posibilidades de colaboración. Como resultado, las relaciones entre instituciones y comunidades han sido con frecuencia fragmentadas, reduciendo la legitimidad y la eficacia de los esfuerzos de gestión ambiental.

En respuesta a este contexto, el proyecto Paisajes Sostenibles fue diseñado para fortalecer la gobernanza ambiental y promover enfoques más coordinados con en la gestión del paisaje. Aunque la construcción de confianza entre los actores del paisaje continúa siendo un proceso en curso, el proyecto ha buscado fomentar la colaboración inclusiva entre escalas y sectores, reconociendo que la sostenibilidad a largo plazo en la CGSM depende de reconectar los procesos ecológicos, las instituciones y las personas que dependen de ellos.

Las dimensiones de la GIP en la Ciénaga Grande de Santa Marta

El enfoque de Gestión Integrada del Paisaje (GIP) permite analizar cómo distintas dimensiones emergen e influyen en el éxito de intervenciones territoriales complejas. La GIP promueve la coordinación entre diversos actores, sectores y niveles de gobernanza, y suele estructurarse en torno a seis dimensiones clave:

  • identificación y participación de las partes interesadas
  • promoción de procesos multipartitos
  • el desarrollo de una visión paisajística común
  • institucionalización de los mecanismos de gobernanza
  • gestión adaptativa e iterativa
  • desarrollo de soluciones técnicas y políticas específicas para cada contexto

Este estudio de caso examina el proyecto Paisajes Sostenibles a través de las primeras cinco de estas dimensiones, mientras que la sexta se integra de manera transversal a lo largo del análisis. Las siguientes secciones ilustran cómo estas dimensiones estuvieron presentes en distintos aspectos del proyecto, generando aprendizajes relevantes para la sostenibilidad y la gobernanza
de la CGSM.


Los ecosistemas presentes en la CGSM son fundamentales para los medios de vida de sus habitantes, quienes dependen de ellos para su seguridad alimentaria y generación de ingresos. A través de la aplicación del enfoque de GIP, el proyecto Paisajes Sostenibles ha buscado abordar los desafíos ambientales al tiempo que fortalece la resiliencia de las comunidades locales mediante esfuerzos colaborativos.

Identificación de actores

El conocimiento acumulado por INVEMAR tras más de tres décadas de investigaciones y monitoreo costero en la CGSM, junto con su presencia institucional en el área, han sido clave para identificar actores relevantes y facilitar procesos de gobernanza desde el inicio del proyecto. Además, la experiencia previa de INVEMAR con el proyecto Desarrollo Local Sostenible y Gobernanza para la Paz (DLSGP), financiado por la Unión Europea, proporcionó un punto de partida para identificar comunidades pesqueras, asociaciones de mujeres y líderes comunitarios. Esta experiencia mostró a INVEMAR y sus aliados la necesidad de abordar de manera integral los retos sobre el uso del suelo y del agua en un ámbito geográfico más amplio.

Los pescadores artesanales –tanto organizados en asociaciones como quienes trabajan de manera independiente– son actores clave que sostienen los medios de vida de más de 4,000 familias pesqueras dispersas en los 26 municipios que rodean el sitio Ramsar. Entre ellos destacan comunidades como Buenavista, Bocas de Cataca y Nueva Venecia, representantes de una cultura anfibia y poseedoras de conocimientos ancestrales sobre las dinámicas del ecosistema, donde los pescadores son reconocen la interdependencia entre la salud del ecosistema y el bienestar de la población. Un ejemplo de organización colectiva pesquera es la Asociación de Pescadores Artesanales Unidos por la Recuperación de Puerto Caimán (ASOPCAIMAN), la cual captura responsablemente jaibas (cangrejos azules estuarinos, Callinectes spp.) para abastecer a una empresa que procesa, enlata y exporta su carne. Otro tipo de actores locales son las diversas iniciativas de turismo comunitario. Muchas de ellas son lideradas por mujeres y buscan diversificar los ingresos al tiempo que conservan el paisaje y su biodiversidad. Durante el proceso de identificación de actores, se mapearon iniciativas locales como Mangle Mi Huella Verde, un emprendimiento dedicado a la transformación de plásticos de un solo uso, que posteriormente fue fortalecido a través del proyecto Paisajes Sostenibles. También se identificaron emprendimientos liderados por mujeres. Aunque a menudo están excluidas de la pesca directa, han asumido roles clave en la transformación del producto y la gestión empresarial, contribuyendo a una mayor equidad de género dentro de estas cadenas de valor. Entre estos destaca la Fundación para el Desarrollo del Magdalena (FUNDAMAG), que trabaja en turismo y la restauración de manglar de la CGSM, involucrando innovaciones tecnológicas como el uso de una máquina desarrollada durante la implementación del proyecto para la recolección y procesamiento de macrófitas — grandes plantas acuáticas flotantes utilizadas en artesanías. 

Las grandes agroindustrias bananeras, de aceite de palma y de ganadería son también actores influyentes en la región debido a su poder económico y su papel en la generación de empleo significativo para la región. Sin embargo, también han sido fuente de conflictos, principalmente ambientales, relacionados con el uso inadecuado del agua y la contaminación derivada de fertilizantes que se filtran a los cuerpos de agua.

Las instituciones públicas suelen ser bien recibidas por las comunidades, aunque pocas son ampliamente reconocidas en el área. INVEMAR, sin embargo, es ampliamente conocido debido a su presencia continua en el territorio, su comunicación directa y respaldo científico para la toma de decisiones, lo que ha generado confianza y vínculos cercanos con los actores locales. 

El Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible (MinAmbiente), como entidad rectora de la política ambiental del país, es responsable de la administración del sitio Ramsar y de la Reserva de Biósfera, por lo que desempeña un papel central en la formulación de marcos normativos. Parques Nacionales Naturales de Colombia (PNNC), entidad adscrita al MinAmbiente, administra las dos áreas protegidas que conforman la Zona Núcleo de la Reserva de Biósfera: el Santuario de Flora y Fauna CSGM y la Vía Parque Isla de Salamanca. Aunque ambas áreas cuentan con mandatos ambientales complementarios, la complejidad de la gestión en la región supera sus capacidades técnicas, operativas y financieras.

La Corporación Autónoma Regional del Magdalena (CORPAMAG), como autoridad ambiental regional, desempeña un papel importante en la implementación de la política ambiental en la gestión del territorio. Sin embargo, ha enfrentado dificultades debido a la magnitud de los desafíos socioambientales en la región, lo que ha complicado su capacidad para crear vínculos estrechos con las comunidades locales, y ha afectado la percepción de su rol. La Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (AUNAP), adscrita al Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, es responsable de administrar los recursos pesqueros y acuícolas del país. Su presencia directa en el paisaje es limitada, lo que ha dificultado un manejo efectivo continuo del uso de estos recursos con actores locales. Aún así, ha trabajado de manera articulada con INVEMAR para incorporar los resultados del monitoreo pesquero en los procesos de manejo.

Procesos multi-actor

Entre las actividades iniciales del proyecto, se encontraban esfuerzos por apoyar el desarrollo de esquemas de gobernanza en el territorio. No obstante, a medida que avanzaba el trabajo, se hizo evidente que muchos de los espacios de coordinación existentes cumplían funciones más bien formales, técnicas o institucionales, pero raramente permitían una participación activa o continua por parte de los actores locales. Como resultado, estos actores locales participaban poco en los espacios de diálogo colectivos. 

En ese contexto, y dada la centralidad que tomaron los desafíos relacionados con el agua en todo el paisaje, el proyecto promovió la creación del esquema de gobernanza que hoy se conoce como el Consejo Territorial del Agua, una estructura que actúa como paraguas para seis Mesas Territoriales del Agua. El Consejo Territorial del Agua fue formalizado por el MinAmbiente. Representa un modelo estratégico de gobernanza que integra diferentes niveles y tipos de actores en torno a una agenda común sobre el agua y la sostenibilidad ecosistémica. 

Entre las plataformas multi-actor (PMA) relevantes para este proyecto, conviene destacar las siguientes:

El Comité de Coordinación para la Gestión Integral de la Ciénaga Grande de Santa Marta, creado por resolución del MinAmbiente, ha sido históricamente un espacio técnico e institucional con participación de actores nacionales y regionales. A pesar de su rol clave en la definición de estrategias de restauración y conservación del sitio Ramsar, su accionar se percibe como distante de las dinámicas comunitarias. La toma de decisiones en este espacio se ha visto limitada por la falta de continuidad institucional. 

El Consejo Territorial del Agua (CTA) es una de las innovaciones más relevantes del proyecto. EL CTA es un espacio consolidado de coordinación entre múltiples actores del territorio. Bajo su estructura se conformaron seis Mesas Territoriales, integradas por comunidades e incluyendo productores, ONG e instituciones locales. Estas mesas apoyan el diseño de planes territoriales participativos y buscan implementar acuerdos de conservación, restauración y monitoreo. La iniciativa también busca generar confianza entre sectores históricamente segmentados, así como mediar conflictos socioambientales. 

La Plataforma de Custodia del Agua es una alianza intersectorial impulsada inicialmente por WWF que facilita el monitoreo comunitario y la protección del recurso hídrico en zonas clave como los ríos Frío y Sevilla, y funciona como un referente por su modelo participativo e intersectorial. El proyecto Paisajes Sostenibles logró incorporar las cuencas de los ríos Fundación y Aracataca a esta iniciativa, aunque con distintos niveles de madurez y autonomía. Estas iniciativas sentaron las bases para procesos de gobernanza comunitaria más amplios.

La interacción con estas plataformas permitió que las acciones del proyecto tuvieran mayor legitimidad local, se fortaleciera el liderazgo comunitario y se facilitara la creación y el seguimiento de compromisos. Sin embargo, persisten desafíos importantes para consolidar una gobernanza ambiental y territorial efectiva, como la rotación frecuente de funcionarios públicos, la ausencia de autoridades locales en espacios clave y los desequilibrios de poder entre actores. Estos problemas se evidenciaron en comunidades como Bocas de Cataca y Remolino, donde la falta de organización, representación y claridad sobre sus propias demandas limitó su consolidación institucional en comparación con comunidades con procesos organizativos más avanzados, generando asimetrías en los espacios de toma de decisiones.

Visión común

Aunque el proyecto Paisajes Sostenibles no nació con una visión común del paisaje compartida entre los actores locales, sí partió de una problemática clara y compartida: la pérdida de funcionalidad ecosistémica de la Ciénaga y la desconexión entre quienes dependen de ella. Esta claridad, heredada de experiencias de INVEMAR y del proyecto DLSGP, permitió establecer una base común para avanzar hacia acuerdos colectivos.

La alineación de una visión común fue resultado de múltiples procesos, tanto formativos como participativos, incluyendo intercambios continuos de experiencias, mesas técnicas, talleres comunitarios y ejercicios de co-creación liderados por el proyecto Paisajes Sostenibles. Aunque los intereses y prioridades eran inicialmente locales y de corto plazo, el proyecto facilitó espacios donde los actores locales reconocieron interdependencias, especialmente entre comunidades aguas arriba y aguas abajo, así como distintas zonas geográficas del sitio Ramsar.

Aunque las visiones del paisaje varían según los territorios, surgieron varios elementos comúnmente valorados:


La urgencia de restaurar el ecosistema de manglar como estrategia para contribuir a la economía local (por ejemplo, pesca artesanal, aviturismo, medios de vida asociados a la cultura anfibia). 


La necesidad de valorar el conocimiento tradicional de los pescadores locales y fortalecer la pesca artesanal como principal actividad económica y cultural de la región, así como su papel en el equilibrio del ecosistema.


La importancia de mejorar la gobernanza del agua, particularmente en términos de disponibilidad y accesibilidad. 


La necesidad de una gobernanza multinivel y multi-actor más transparente, intersectorial e inclusiva.

Aunque la visión común proporcionó un punto de referencia útil, persistieron vacíos en cuanto a los mecanismos para implementarla: la falta de liderazgo, tensiones entre mandatos institucionales y barreras para alinear agendas entre escalas. Además, se evidenció una fuerte dependencia histórica de proyectos externos, lo que en algunos casos reforzó dinámicas de paternalismo institucional. Esta situación ha generado desafíos adicionales para la apropiación local de los procesos, especialmente en contextos donde la continuidad de los esfuerzos queda condicionada al financiamiento o acompañamiento técnico externo. 

Institucionalización

El proyecto Paisajes Sostenibles buscó anclar sus acciones en estructuras ya existentes en el paisaje, reconociendo su valor normativo y simbólico. La CGSM cuenta con un sólido marco institucional: es Sitio Ramsar, Reserva de Biósfera, e incluye dos áreas protegidas –el Santuario de Flora y Fauna Ciénaga Grande de Santa Marta y el Vía Parque Isla de Salamanca–, lo que exige una coordinación efectiva entre entidades y una gestión coherente que cumpla con compromisos internacionales de conservación. 

El proyecto apoyó el fortalecimiento del Comité Ramsar con el objetivo de vincular los avances en gobernanza territorial con compromisos nacionales e internacionales en materia de conservación. Este esfuerzo incluyó la actualización de la visión compartida sobre la gestión del agua, la participación comunitaria y la planificación ecosistémica. El proyecto impulsó un proceso de concertación que involucró a mas de 500 actores, en el que se incluyó el diálogo entre organizaciones comunitarias, grupos étnicos, entidades gubernamentales y el sector privado. De este proceso surgió la propuesta del esquema de gobernanza para la implementación participativa del Plan de Manejo del Sitio Ramsar. En febrero 2026, este plan fue adoptado mediante el Acuerdo 003 de 2026. Este instrumento, con un horizonte de 10 años, constituye hoy el marco estratégico para la conservación y el uso sostenible del sitio Ramsar. Su ejecución y seguimiento estarán a cargo de una comisión conjunta integrada por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible y autoridades ambientales.

Uno de los desafíos más importantes actualmente es la institucionalización formal del Consejo Territorial del Agua, una estructura ya creada, operativa y con legitimidad local, que ha demostrado su valor como espacio de gobernanza multi-actor. A pesar de su funcionamiento y del reconocimiento recibido incluso a nivel nacional, la falta de herramientas que faciliten su operatividad –al igual que la de espacios similares en la región– ha limitado su sostenibilidad y su capacidad de incidencia en el largo plazo. En ese contexto, se espera que el proyecto entrante financiando por el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF), GEF7-CGSM, dé continuidad a varios de los procesos de gobernanza existentes en el área, y contribuya a consolidar la institucionalización pendiente mediante la integración del Consejo en esquemas formales de gestión hídrica y ambiental desde el nivel nacional. 

A pesar de estos avances, persisten barreras estructurales, como la fragmentación institucional, la alta rotación de personal en entidades clave (como CORPAMAG o algunas alcaldías locales), y la falta de recursos financieros y humanos sostenidos. Muchas autoridades locales carecen de personal técnico capacitado y de presupuestos adecuados para implementar los acuerdos construidos 

Aprendizaje iterativo y gestión adaptativa

En un paisaje tan dinámico y complejo como el de la CGSM, fue necesario adaptarse a nuevas realidades socioambientales, incorporar lecciones emergentes y ajustar metodologías de trabajo a partir del conocimiento y la experiencia locales.

Una de las causas subyacentes de la degradación del ecosistema ha sido la proliferación de macrófitas, en gran medida provocada por cambios en la salinidad del agua. Estos cambios se originaron tras la construcción de infraestructura vial –particularmente la carretera– que bloqueó la mayoría de las entradas naturales de agua salada que antes ingresaba con la marea. Esta pérdida de conectividad alteró la dinámica estuarina y contribuyó al crecimiento excesivo de plantas acuáticas flotantes.

En este sentido, el trabajo con la comunidad identificó que la proliferación de macrófitas constituía un problema urgente, ya que afectaba tanto la navegabilidad como la salud del ecosistema. Hasta entonces, las macrófitas eran tradicionalmente recogidas a mano. El equipo técnico, junto con las comunidades,
–quienes conocían las técnicas más eficientes para recolectarlas– co-diseñaron una máquina para mecanizar este proceso. A través de esta colaboración, se logró recolectar aproximadamente una tonelada de macrófitas durante una prueba piloto de dos horas. La solución resultó tan efectiva que el grupo comunitario que lideró esta iniciativa actualmente ofrece servicios independientes de despeje de canales para el transporte acuático, generando ingresos propios.

Un caso emblemático de gestión adaptativa fue el uso de nasas modificadas –unas trampas en forma de cajas– utilizadas en la pesca de jaiba. Estas estructuras de malla fueron diseñadas con ventanas de escape para permitir que individuos de menor tamaño –que aún no alcanzaban la madurez sexual, crítica para una pesca sostenible– pudieran salir. Sin embargo, INVEMAR observó que algunos pescadores tapaban estas ventanas para maximizar la captura. Esto sugería que la funcionalidad de la nasa –y su valor ecológico– no había sido apropiada por los usuarios, quienes no comprendían plenamente sus beneficios para el ecosistema y continuaban priorizando ganancias individuales de corto plazo.

Frente a ello, se suspendió temporalmente el uso de las nasas y se diseñaron experimentos participativos con los pescadores. Estos demostraron que, al liberar jaibas pequeñas, el tamaño promedio de las capturas aumentaba. Esta evidencia permitió que los pescadores comprendieran los beneficios de la práctica, lo que llevó a su adopción voluntaria. Este caso reflejó la importancia del aprendizaje iterativo: no basta con introducir soluciones técnicas si no son entendidas e interiorizadas localmente. Para que las prácticas sean sostenibles, deben construirse a partir del diálogo, la evidencia contextual y la validación colectiva.

La participación activa continuó a través de sesiones de retroalimentación, mentoría, y diálogos adaptados al contexto, que permitieron ajustar las estrategias en función de las experiencias en terreno. En las comunidades palafíticas –donde habitan las culturas anfibias– por ejemplo, se redefinieron zonas prioritarias de restauración según los intereses comunitarios. La cantidad de agua también fue monitoreada con el conocimiento de actores locales, quienes ayudaron a interpretar los cambios según los ciclos de marea, las lluvias o descargas de residuos.

Sin embargo, la efectividad de estos ciclos de aprendizaje depende en gran medida de la solidez de las relaciones construidas mediante esfuerzos previos de generación de confianza. En zonas donde persiste la exclusión histórica o legados de conflicto, las comunidades suelen no involucrarse de manera significativa sin una facilitación sostenida.

Conclusiones

La experiencia del proyecto Paisajes Sostenibles en la CGSM evidencia que la GIP no solo requiere herramientas y soluciones técnicas, sino también procesos sostenidos de construcción de confianza. Esta no se genera por decreto: se construye a partir de hechos concretos, del “ver para creer” y del aprendizaje práctico. El caso de las nasas para la jaiba azul demostró que, cuando los beneficiarios experimentan directamente los cambios tecnológicos, las transformaciones pueden ser tanto posibles como sostenibles en el tiempo. 

Esta lógica también se refleja en la relación entre INVEMAR y las comunidades: su presencia territorial, coherencia técnica y capacidad de escucha han permitido generar vínculos sólidos que han servido de puente hacia otras instituciones. La confianza generada ha facilitado que actores previamente desconectados -como entidades nacionales y pescadores artesanales- comiencen a colaborar y a reconocerse mutuamente como socios legítimos. 

En un contexto marcado por desigualdades y desconfianza histórica, este proceso constituye una base realista, gradual y transformadora para avanzar hacia paisajes resilientes e inclusivos. 



Todas las fotos son cortesía de INVEMAR.

Publicado en mayo de 2026. Consulte el artículo definitivo publicado:

Para consultar más casos prácticos de la GIP, visite https://landscapesfuture.org/es/estudios-de-caso-de-la-gip/

De la plataforma a la política: la institucionalización de la gestión del paisaje en Bolivia

¿Qué se necesita para pasar del diálogo a una gobernanza duradera en entornos complejos? En la región de la Chiquitanía, en Bolivia, la respuesta comenzó con la gestión de las cuencas hidrográficas.

El proyecto «Paisajes Resilientes», que se desarrolló en las cuencas de los ríos Paraguá, San Martín y Zapocó, utilizó los retos comunes relacionados con el agua como punto de partida para reunir a comunidades indígenas, agricultores migrantes, ganaderos, ayuntamientos y autoridades departamentales en torno a una gestión coordinada del paisaje.

La iniciativa reforzó los comités de gestión de subcuencas ya existentes, que se convirtieron en plataformas para el diálogo, la planificación conjunta y la resolución colectiva de problemas. A través de estos espacios, las partes interesadas lograron conciliar prioridades contrapuestas en materia de uso del suelo, al tiempo que identificaban respuestas prácticas a la escasez de agua, la variabilidad climática y la degradación de los ecosistemas. La gestión de cuencas hidrográficas contribuyó a armonizar los intereses entre los distintos sectores, vinculando los conocimientos locales con enfoques técnicos como la adaptación basada en los ecosistemas, la agrosilvicultura y la mejora de la gestión del agua en los sistemas productivos.

Con el tiempo, estas plataformas colaborativas fueron más allá de la mera coordinación. Los sistemas de seguimiento participativo, las plataformas de datos compartidos y los instrumentos de planificación regional contribuyeron a plasmar el diálogo en mecanismos formales de gobernanza integrados en las políticas municipales y departamentales. Los mecanismos financieros destinados a apoyar la producción sostenible contribuyeron a armonizar aún más los incentivos económicos con los objetivos a escala del paisaje.

La experiencia en la Chiquitanía muestra cómo la GIP puede pasar de una colaboración basada en proyectos a marcos institucionales duraderos. Al utilizar la gestión de cuencas hidrográficas como punto de partida práctico, al tiempo que se fortalecen los sistemas de gobernanza, Paisajes Resilientes —implementado por GIZ y financiado por la Unión Europea y el Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania (BMZ)— contribuyó a convertir las plataformas de múltiples partes interesadas en bases políticas duraderas para la resiliencia del paisaje.

Sobre el paisaje

El paisaje se extiende desde el bosque árido chiquitano —el mayor de su tipo en el mundo— hasta los bosques amazónicos húmedos del norte. Esta zona proporciona servicios ecosistémicos vitales, como la regulación del agua, el almacenamiento de carbono y la conservación de la biodiversidad, al tiempo que sustenta los medios de vida de las personas que allí residen. Se trata de una importante zona en la que interactúan múltiples partes interesadas y en la que los bosques, los recursos hídricos y las diversas comunidades están estrechamente interconectados. Sin embargo, la región se enfrenta a retos acuciantes, entre los que se incluyen la deforestación generalizada, la escasez de agua y las demandas contrapuestas de uso del suelo por parte de la agricultura insostenible (especialmente la producción de soja), la ganadería y la tala ilegal. El paisaje es especialmente vulnerable a los incendios forestales. La gobernanza fragmentada y los diversos intereses —económicos, culturales y medioambientales— siguen siendo obstáculos clave para los esfuerzos destinados a promover la sostenibilidad a largo plazo. Estas presiones perjudican la capacidad reguladora de los ecosistemas y tienen graves consecuencias socioeconómicas para las familias indígenas y los pequeños productores, que se caracterizan por elevadas tasas de pobreza y un acceso limitado a los servicios básicos.

Las dimensiones de la GIP en el paisaje de «Paisajes Resilientes»

La GIP es un proceso que fomenta la sostenibilidad y la resiliencia de los paisajes mediante estrategias adaptativas, inclusivas e integradoras. Los enfoques de la GIP abordan los retos que plantea una gestión desarticulada de los recursos naturales, en la que las partes interesadas tienen agendas diferentes, los sectores están mal coordinados y las competencias jurisdiccionales se solapan, lo que da lugar a consecuencias no deseadas en los ecosistemas. En este enfoque, los paisajes se consideran sistemas socioecológicos en los que la integración de los procesos humanos y ambientales es crucial para la sostenibilidad a largo plazo.

La GIP eficaz puede entenderse a través de seis dimensiones:

  • identificación y participación de las partes interesadas;
  • promoción de procesos en los que participen múltiples partes interesadas;
  • el desarrollo de una visión paisajística común;
  • institucionalización de los mecanismos de gobernanza;
  • gestión adaptativa e iterativa; y
  • desarrollo de soluciones técnicas y políticas específicas para cada contexto.

Este estudio de caso analiza cada una de estas dimensiones, aunque la sexta —la adaptación de las soluciones a las necesidades locales— no se aborda por separado, ya que está integrada en toda la descripción de las acciones y estrategias del proyecto.

Identificación de las partes interesadas

El proyecto «Paisajes Resilientes» adoptó el método Capacity WORKS para la identificación de las partes interesadas, una herramienta sistemática que clasificó a estas en función de dimensiones fundamentales como su influencia, sus intereses y sus interacciones dentro del paisaje. Este enfoque permitió al proyecto ir más allá de la simple identificación de las partes interesadas para descubrir también las agendas de cada una de ellas, los intrincados vínculos y las relaciones institucionales entre los grupos, así como las áreas de tensión entre ellos.

El sistema de gobierno descentralizado de Bolivia hizo que los gobiernos municipales de San Ignacio de Velasco y Concepción, el gobierno departamental de Santa Cruz y el Gobierno nacional desempeñaran un papel activo en la gestión del paisaje. Aunque sus responsabilidades se articulaban dentro de una jerarquía anidada, persistían las tensiones entre las jurisdicciones locales y nacionales debido a visiones contradictorias, mandatos superpuestos y agendas divergentes.

El proyecto «Paisajes Resilientes» identificó a los pequeños agricultores de unas 80 comunidades, entre las que se incluían tanto poblaciones indígenas como migrantes, como partes interesadas clave. Los pueblos indígenas, compuestos por las comunidades chiquitano, guarayo y guarasugwé, eran los ocupantes originales de los paisajes y poseían profundos vínculos culturales y conocimientos tradicionales fundamentales para la gestión de los recursos hídricos y forestales. Las comunidades migrantes, conocidas popularmente como comunidades «interculturales», eran colonos de origen étnico mixto procedentes de las tierras altas, atraídos por los programas de reasentamiento iniciados por el Gobierno nacional para poblar terrenos forestales públicos considerados aptos para la colonización. Las estrategias agrícolas de los migrantes se asociaban a una deforestación descontrolada que alteraba el paisaje boscoso. Los conflictos territoriales provocados por la migración reflejan el contexto político altamente polarizado de Bolivia.

Otros actores del sector agrícola identificados como factores que generan presiones económicas y la sobreexplotación de los recursos fueron los ganaderos y las agroindustrias. Los ganaderos de mediana y pequeña escala se mostraron abiertos a colaborar con el proyecto Paisajes Resilientes, pero algunos grandes ganaderos y agroindustrias (por ejemplo, los productores de soja) entraron en conflicto con otras partes interesadas y se resistieron a sumarse a las iniciativas de Paisajes Resilientes. Los ganaderos más grandes, que gozaban de poder económico y conexiones políticas, actuaban con frecuencia sin consultar al gobierno local ni a otras partes interesadas. Su uso extensivo de la tierra fue un importante factor de la deforestación y la degradación del paisaje, como cuando alteraron el curso de los afluentes en la cuenca hidrográfica para crear pequeños embalses para su ganado, lo que afectó a la disponibilidad de agua superficial aguas abajo.

El análisis de las partes interesadas puso de manifiesto importantes carencias y oportunidades; por ejemplo, el hecho de que las mujeres estuvieran ausentes de los procesos de toma de decisiones, a pesar de su papel fundamental en la producción doméstica y la gestión de los recursos. En consecuencia, el proyecto dio prioridad a las mujeres para garantizar que se reconocieran sus opiniones y sus aportaciones. Además, las estructuras de gobernanza fragmentadas constituían obstáculos para la gestión eficaz de los recursos compartidos, y las tensiones entre los gobiernos locales y nacionales, así como la superposición de competencias, dificultaban la coordinación de esfuerzos. El análisis puso de relieve los conflictos emergentes entre los pueblos indígenas tradicionales y los nuevos colonos, en particular aquellos dedicados a la agricultura extensiva y la ganadería. Estas tensiones reflejaban un contexto político polarizado, en el que las prácticas contradictorias de uso de la tierra ponían en tela de juicio los sistemas de gestión tradicionales.

Procesos de múltiples partes interesadas

Al involucrar a las partes interesadas de distintos sectores y a distintos niveles, las plataformas de múltiples partes interesadas (MSP) promovieron la armonización de objetivos y el desarrollo de estrategias comunes entre los participantes, aspectos que resultan esenciales para la gestión sostenible de la tierra y los recursos en entornos sociopolíticos complejos.

Dadas las disputas territoriales, la fragmentación de la gobernanza y las presiones económicas en el paisaje de la Chiquitanía, la creación de áreas de protección especial (MSP) podría fomentar el diálogo y la cooperación entre los diversos actores, incluidos aquellos con intereses contrapuestos. Sin embargo, la gran extensión del paisaje y la falta de infraestructuras dificultaban que las partes interesadas participaran en procesos colectivos. En total, las cuencas hidrográficas abarcan 61 034 km², por lo que, para facilitar la gestión de este inmenso paisaje, el proyecto subdividió las tres cuencas (Paraguá, San Martín y Zapocó) en ocho subcuencas más pequeñas. Dentro de estas subcuencas, Paisajes Resilientes estableció o reactivó ocho comités de gestión a nivel de subcuenca basados en las estructuras de gobernanza locales. Los comités incluían a comunidades rurales, autoridades municipales de San Ignacio de Velasco y Concepción, ONG que prestaban apoyo técnico y el sector privado, como asociaciones de productores dedicadas a la agricultura, la silvicultura y la ganadería. Estos comités coordinaron los esfuerzos para implementar actividades de gestión sostenible del agua y los recursos en la región. Esta colaboración entre múltiples partes interesadas facilitó una toma de decisiones más inclusiva, coordinó conjuntamente los instrumentos de planificación e integró los conocimientos locales con las estructuras formales de gobernanza.

Además, el proyecto «Paisajes Resilientes» puso en marcha iniciativas de gobernanza participativa en el marco del Programa de Gestión del Agua para la Vida, que desempeñó un papel fundamental en la promoción de la gobernanza del agua en la Chiquitanía. El programa contribuyó a facilitar la coordinación entre las partes interesadas y a elaborar un plan de acción y financiación en materia de agua y clima con objetivos a corto, medio y largo plazo. Trabajó para equilibrar las necesidades de conservación y de medios de subsistencia, e integrar los sistemas tradicionales de gobernanza indígena con enfoques técnicos de conservación para mejorar la seguridad hídrica en el contexto local.

Visión común

Para lograr resultados sostenibles en la GIP, es necesario comenzar por definir una visión común que concilie los intereses diversos —y, en ocasiones, contradictorios— de las principales partes interesadas.

Cuando Paisajes Resilientes se incorporó al proyecto de la Chiquitanía, no existía una visión compartida explícita, elaborada conjuntamente con todas las partes interesadas, que sirviera de guía para los procesos de la GIP. Sin embargo, estaba claro que existía una visión implícita.

El enfoque de «Paisajes Resilientes» se centró en definir objetivos que se ajustaran a las realidades locales en materia de gestión sostenible de los recursos y gobernanza. Durante la fase de diseño, el personal del proyecto colaboró con representantes del Gobierno Departamental de Santa Cruz y otras partes interesadas para identificar las cuencas hidrográficas de Paraguá y San Martín como áreas prioritarias para la gestión integrada de cuencas, debido a los impactos de los incendios forestales en la zona de la Chiquitanía en 2019. Durante las etapas iniciales, las partes interesadas locales presionaron para que se incluyera la subcuenca del Zapocó en el paisaje, ya que constituía una importante fuente de agua para las capitales municipales. Los intereses compartidos en materia de seguridad hídrica proporcionaron una base implícita para una visión común arraigada en la protección de los sistemas de conocimiento indígenas y el patrimonio cultural, con miras a medios de vida sostenibles que pudieran complementar la conservación de la biodiversidad.

La visión sitúa al agua como el elemento central unificador, reflejando su importancia cultural, ecológica y económica en la región. Tal y como señaló un representante de Paisajes Resilientes: «El agua es, a la vez, el hilo conductor y la solución que une a todos los habitantes». El proceso de implementación del proyecto se vio respaldado por el diálogo y talleres que incorporaban la cosmovisión chiquitana. La narración de historias ayudó a los participantes a ilustrar la interconexión entre los sistemas terrestres y acuáticos. Este esfuerzo colaborativo dio como resultado un documento de visión firmado por más de 200 miembros de la comunidad y organizaciones, que simboliza un compromiso colectivo con la gestión sostenible del paisaje. Posteriormente, las encuestas de Paisajes Resilientes revelaron que el 85 % de los participantes se sentían más conectados con el proyecto tras haber contribuido a la visión. El documento se revisó en las reuniones del comité de gestión para abordar los retos cambiantes, garantizando que siguiera respondiendo a cuestiones como las sequías y los conflictos por los recursos.

A pesar de las dificultades iniciales derivadas de la falta de una visión predefinida y explícita, la flexibilidad del proyecto permitió que dicha visión surgiera de forma orgánica, lo que puso de relieve el valor de unos objetivos abiertos que evolucionan al ritmo de las necesidades de la comunidad.

Institucionalización

Para que las intervenciones paisajísticas sean duraderas, es necesario integrar en las instituciones y los sistemas existentes procesos de planificación y toma de decisiones que sean participativos, adaptativos e intersectoriales. En la práctica, la institucionalización de la GIP puede suponer un reto.

Las cuencas hidrográficas de los ríos Paraguá y San Martín constituyen una unidad geográfica y biofísica reconocida, pero, como paisaje, no forman una zona administrativa o de gobernanza diferenciada. Las cuencas hidrográficas abarcan múltiples jurisdicciones, ya que se encuentran dentro de los municipios de San Ignacio de Velasco, Concepción, Urubichá y San Miguel de Velasco, todos ellos pertenecientes al departamento de Santa Cruz. Esto da lugar a un complejo mosaico de jurisdicciones políticas, lo que complica la gobernanza en el paisaje.

Las áreas de conservación y los territorios indígenas, cada uno con sus propias normas de uso sostenible, reforzaron la protección de las fuentes de agua fundamentales e integraron las medidas de conservación en los estatutos de gobernanza local. El Parque Nacional Noel Kempff Mercado, que existe desde hace décadas, bordea el paisaje por el este. La TCO (una forma de propiedad comunal indígena) de Bajo Paraguá, que abarca el extremo norte del paisaje, ofrece un modelo diferente de gobernanza del paisaje. Las TCO cuentan con organizaciones de gobernanza representativas y tienen derechos y responsabilidades de gestión sobre los recursos naturales dentro de sus territorios. El proceso de implementación de la TCO institucionalizó las prácticas consuetudinarias al respetar e integrar los sistemas de gobernanza indígenas para la toma de decisiones a nivel local. Los líderes indígenas establecieron normas tradicionales para el uso de los recursos, que se incorporaron a los marcos formales de gobernanza. Este reconocimiento del conocimiento ancestral reforzó la legitimidad de las decisiones de gobernanza y fortaleció el vínculo de la comunidad con las iniciativas del proyecto.

El proyecto «Paisajes Resilientes» contribuyó al desarrollo de marcos normativos destinados a facilitar la GIP, entre los que se incluyen el Plan Departamental de Seguridad Hídrica y Cambio Climático del Gobierno de Santa Cruz y su Plan Territorial de Desarrollo Integral, cuyo objetivo es mejorar la gestión de las cuencas hidrográficas mediante la colaboración con las partes interesadas locales. Asimismo, se establecieron áreas de conservación con normativas de uso sostenible, integrando medidas de conservación en las estructuras de gobernanza locales. Las alianzas desempeñaron un papel fundamental en la institucionalización de los esfuerzos del proyecto.

Con el fin de facilitar la toma de decisiones estratégicas y la gestión de recursos, el proyecto Paisajes Resilientes contribuyó al desarrollo del Sistema Integrado de Monitorización Ambiental (SIMA), una plataforma de datos de acceso público diseñada para respaldar la toma de decisiones basada en datos empíricos en materia de resiliencia climática, gestión de recursos naturales y reducción de riesgos. SIMA es una plataforma de seguimiento colaborativo y apoyo a la toma de decisiones en materia de cambio climático y seguridad hídrica. Ofrece una fuente centralizada y de libre acceso de datos hídricos y medioambientales para mejorar la planificación y la gestión de riesgos con información actualizada.

SIMA recopila información de dos estaciones meteorológicas automatizadas situadas en las cuencas de San Martín y Paraguá, y ofrece un marco que permite a organismos gubernamentales, universidades, ONG y comunidades locales subir información relacionada con las fuentes de agua, la calidad del agua, los incendios, la deforestación y las actividades de restauración en las zonas afectadas por los incendios. Al involucrar a estas diversas partes interesadas, los participantes se aseguraron de que la plataforma reflejara las realidades territoriales y crearan una base sólida para la apropiación a largo plazo. SIMA ha evolucionado aún más con el establecimiento de una red de monitoreo participativo, que recopila datos locales sobre las condiciones de las aguas subterráneas y superficiales, así como información hidrometeorológica. Estos datos generados por la comunidad refuerzan la apropiación local y mejoran la precisión del sistema. Paralelamente, SIMA incorporó un módulo de seguimiento del cambio climático y la seguridad hídrica, diseñado para fortalecer las condiciones propicias para la financiación climática. Al alinear la recopilación de datos con los requisitos de los compromisos climáticos nacionales y los procesos de planificación municipal, la plataforma contribuye a una mejor gestión de riesgos y abre la puerta a nuevas inversiones en resiliencia.

Una vez que entró en funcionamiento, Paisajes Resilientes transfirió el SIMA a la Secretaría de Desarrollo Sostenible y Medio Ambiente del Gobierno Departamental de Santa Cruz. La Universidad Católica de Bolivia creó el Centro de Investigación para el Desarrollo Sostenible del Este de Bolivia para que actuara como brazo técnico del SIMA. Los gobiernos municipales de Concepción y San Ignacio de Velasco aprobaron leyes de conservación del agua que reconocían al SIMA como la herramienta oficial para la gestión de la información.

El proyecto «Paisajes Resilientes» también ha respaldado la creación de dos mecanismos financieros destinados a apoyar la gestión del agua en la región. El primero, el Fondo del Agua de la Chiquitanía, es una asociación público-privada destinada a financiar proyectos relacionados con el agua, tales como sistemas de agua potable y análisis de rentabilidad para inversiones en infraestructuras. El segundo es una línea de crédito para la producción ganadera sostenible y libre de deforestación, que respalda proyectos piloto destinados a poner a prueba estrategias de producción innovadoras para las explotaciones ganaderas de la región. Ambos mecanismos son administrados por el Banco de Desarrollo de Bolivia.

Con el fin de garantizar la sostenibilidad del enfoque de la GIP, el proyecto puso en marcha programas de desarrollo de capacidades dirigidos a organismos gubernamentales subnacionales y locales, así como a las partes interesadas locales. La formación tenía por objeto reforzar tanto las competencias técnicas como las habilidades interpersonales para la planificación relacionada con la gestión de los recursos hídricos, la gobernanza del agua y la adaptación al cambio climático. Estos diversos programas de formación capacitaron a más de 200 partes interesadas locales (el 60 % mujeres), fomentando una nueva generación de líderes capaces de sostener los procesos de gobernanza a nivel comunitario y municipal.

A pesar de retos como las transiciones políticas y la escasez de recursos, la integración de estrategias de la GIP en los planes municipales y su armonización con las políticas nacionales generó resiliencia, garantizando la sostenibilidad de los marcos de gobernanza más allá del plazo del proyecto.

Aprendizaje y adaptación iterativos

El enfoque de «Paisajes Resilientes», que consiste en dividir el paisaje en unidades de gestión de subcuencas, permitió al proyecto centrarse en áreas más manejables sin dejar de mantener una perspectiva más amplia e integrada. Los esfuerzos para abordar la gobernanza se concentraron en cuatro de las subcuencas, lo que permitió intervenciones adaptadas que reflejaban las condiciones ambientales y sociales locales. Esto mejoró la participación de las partes interesadas y creó oportunidades para que los participantes influyeran en los procesos de gobernanza.

Los ciclos regulares de retroalimentación y el diálogo constructivo en el seno de los comités de gestión permitieron a las partes interesadas evaluar de forma colaborativa los resultados de las intervenciones del proyecto. Las consultas del proyecto con estos comités sirvieron de base para la selección de iniciativas, garantizando que estas respondieran a las realidades locales. El diálogo continuo permitió al proyecto adaptar y ampliar las prácticas exitosas, empoderando a las comunidades para que se apropiaran de las soluciones y generando confianza en el proceso de gobernanza. Un ejemplo fue el programa de desarrollo del liderazgo para la gobernanza comunitaria del agua, creado en respuesta a las deficiencias de capacidad identificadas. Se formó a más de 120 líderes, muchos de los cuales pasaron a desempeñar un papel activo en la gobernanza local. Del mismo modo, un intercambio sobre liderazgo femenino pasó de ser un evento único a constar de múltiples sesiones debido a la creciente demanda y participación. Este énfasis en el liderazgo femenino no solo empoderó a las participantes, sino que también enriqueció los procesos de gobernanza al fomentar perspectivas diversas y una toma de decisiones inclusiva.

El proyecto también puso en marcha cinco iniciativas piloto diferentes para probar y perfeccionar medidas de adaptación basadas en los ecosistemas, como la introducción de prácticas agroecológicas con grupos liderados por mujeres y la mejora de los sistemas silvopastorales. Junto con los ganaderos de pequeñas y medianas explotaciones, se exploraron prácticas de gestión del agua, como el diseño y el uso racional de los abrevaderos para el ganado («atajados»). Estos esfuerzos, que incentivaban prácticas de uso sostenible de la tierra, contaron con el respaldo de mecanismos financieros alternativos que abordaban el acceso limitado al crédito entre los ganaderos (solo alrededor del 30 % tenía acceso al crédito antes de estos programas).

Aunque el enfoque de «Paisajes Resilientes» se enfrentó a dificultades debido a los cambios políticos y a las limitaciones de recursos, el énfasis del proyecto en el aprendizaje continuo y en la retroalimentación impulsada por la comunidad permitió que las estructuras de gobernanza se mantuvieran resilientes y capaces de responder a las necesidades cambiantes.

Conclusiones

El proyecto «Paisajes Resilientes en la Chiquitanía» pone de manifiesto la importancia de realizar un análisis inicial de las partes interesadas para clasificarlas en función de su influencia, sus intereses y sus interacciones dentro del paisaje. Esto facilitó la identificación de alianzas estratégicas desde el principio, lo que permitió una colaboración continuada entre las partes interesadas una vez finalizado el proyecto. Por ejemplo, dos ONG nacionales, el CIPCA (Centro de Investigación y Promoción del Campesinado) y la FCBC (Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano), continuaron apoyando intervenciones como la promoción de sistemas agroforestales.

Los procesos de participación múltiple (MSP), en los que participaron diversas partes interesadas del sector privado, organismos públicos y la sociedad civil, plantearon el reto de conciliar agendas distintas, pero también de adoptar un lenguaje adecuado. En esta experiencia, el sector privado se interesó principalmente por cuestiones técnicas especializadas y por el análisis de costes y beneficios correspondiente. El sector público buscaba la alineación con los objetivos nacionales de desarrollo y cambio climático. La sociedad civil y las organizaciones indígenas buscaban la seguridad de sus derechos sobre los recursos. Dado que las comunidades eran partes interesadas clave, el enfoque de los procesos de múltiples partes interesadas requirió la adopción de un lenguaje menos técnico, la presencia de traductores y el uso de ejemplos de su vida cotidiana.

Una gobernanza eficaz del paisaje comienza por colaborar con las instituciones y prácticas locales existentes, y por adaptarse a las dinámicas sociales y medioambientales vigentes, en lugar de imponer nuevas estructuras. Canalizar los debates sobre la GIP a través de los comités de gestión de subcuencas facilitó la interacción y mantuvo un fuerte enfoque en las cuestiones de relevancia local. Este enfoque puso de manifiesto la eficacia de reforzar las estructuras e iniciativas existentes en lugar de crear otras nuevas. Facilitar un diálogo constructivo y sesiones periódicas de retroalimentación dentro de los comités de gestión fomentó aún más el aprendizaje iterativo y contribuyó a la planificación de las actividades de gestión. El enfoque de desarrollo de capacidades de Paisajes Resilientes hizo hincapié en el «aprendizaje mediante la práctica» y el intercambio de conocimientos, garantizando que las intervenciones de gestión se centraran en cuestiones relevantes para los participantes a diferentes escalas y se adaptaran más estrechamente a los contextos locales.

En general, la experiencia de «Paisajes Resilientes» demuestra que la GIP resulta más eficaz cuando se basa en las realidades locales, se apoya en las estructuras de gobernanza existentes y fomenta la colaboración inclusiva entre múltiples partes interesadas. Al centrarse en el agua como elemento unificador, fortalecer los comités de gestión de subcuencas y promover el aprendizaje iterativo a través de procesos participativos, el proyecto mejoró la coordinación, la equidad y la apropiación local. Estos enfoques no solo mejoraron la resiliencia y la gobernanza de los recursos durante la implementación, sino que también crearon bases institucionales duraderas capaces de mantener los resultados a nivel del paisaje más allá de la duración del proyecto.

Todas las imágenes son cortesía de Carol Soto/GIZ

Publicado en mayo de 2026. Esta página es un borrador que ha sido traducido automáticamente del inglés al español por DeepL. Consulte el artículo definitivo publicado:

Para consultar más casos prácticos de la GIP, visite landscapesfuture.org/ilm-case-studies/

La seguridad del agua como puente en los altos Andes ecuatorianos

¿Qué hace falta para reunir a diversos actores en paisajes frágiles y disputados? En una parroquia de Ecuador, la respuesta resultó ser el agua.

Por Peter Cronkleton, Natalia Cisneros, Valentina Robiglio y Dominique le Roux (CIFOR-ICRAF); Néstor Santiago Luzón, Hilda Sofía Ayala, Pablo Moncayo Silva y Javier Jiménez Carrera (FAO Ecuador)

Al enmarcar la conservación en torno a la seguridad del agua -vital para los hogares, la agricultura y la seguridad alimentaria-, el proyecto Paisajes Andinos fue capaz de transformar la conservación de una fuente de resistencia en un punto de unión para la cooperación. La gobernanza del agua se convirtió en el eje que conectó a las comunidades indígenas, las juntas del agua, los gobiernos locales y los ministerios nacionales, incorporando la Gestión Integrada del Paisaje (GIP) a la toma de decisiones cotidiana.
Este caso no trata sólo de la protección de los ecosistemas de páramo que regulan el agua para miles de personas río abajo. Muestra cómo la GIP puede funcionar en la práctica alineando la conservación con los medios de subsistencia, creando espacios de gobernanza en los que las voces de las comunidades tengan peso e institucionalizando los acuerdos para que perduren
más allá de los ciclos de los proyectos. Destaca cómo las soluciones técnicas – como una nueva Zona de Protección del Agua –
se crearon conjuntamente con las partes interesadas locales y se respaldaron con marcos jurídicos, garantizando tanto la legitimidad como
la viabilidad a largo plazo.
Para los profesionales, las lecciones son claras: partir de una prioridad compartida, adaptar los planes a las realidades de la comunidad,
y utilizar espacios de gobernanza en los que la gente ya confíe. Para los donantes, el mensaje es igualmente poderoso: invertir en
la gobernanza participativa del agua refuerza la resiliencia mucho más allá de la conservación, fomentando la igualdad de género,
mejorando las economías locales y creando instituciones que puedan mantener los resultados mucho después del cierre de los proyectos.

Sobre el paisaje

Simiátug es una parroquia situada en la provincia ecuatoriana de Bolívar, que contiene un ecosistema de páramo de gran altitud situado entre 3.200 y 4.200 m sobre el nivel del mar, valorado por los servicios ecosistémicos vitales que presta. Este páramo desempeña un papel fundamental en la regulación del agua, incluyendo su retención y filtración, lo que es crítico tanto para el consumo humano como para las actividades agrícolas de las comunidades circundantes y de la parte baja de la cuenca.

Las cuencas hidrográficas de Simiátug son, sin embargo, sistemas socioecológicos frágiles sometidos a una presión cada vez mayor debido a prácticas insostenibles de uso de la tierra y a problemas de gobernanza. El sobrepastoreo y el uso del fuego para convertir la vegetación autóctona en pastos o tierras de cultivo han provocado la compactación del suelo, la erosión y la pérdida de vegetación autóctona, reduciendo la capacidad de estas cuencas para regular eficazmente los flujos de agua. Estas funciones hidrológicas se han visto debilitadas por la deforestación y la quema para el desmonte, reduciendo aún más la disponibilidad de agua para las comunidades situadas aguas abajo.

En este contexto, la gobernanza del agua surgió como una fuerza puente para los esfuerzos de conservación y gestión sostenible en Simiátug. Mientras que las iniciativas de conservación anteriores se enfrentaban a resistencias debidas a prioridades de uso de la tierra que competían entre sí, la alineación de las partes interesadas locales y gubernamentales en torno a la seguridad del agua fomentó la colaboración entre los distintos niveles de gobernanza y las partes interesadas de la comunidad.

Reconociendo la oportunidad que presentaba este contexto, el proyecto Paisajes Andinos -lanzado en 2020 y ejecutado por la FAO Ecuador con financiación de la Unión Europea- eligió Simiátug como uno de sus paisajes prioritarios para aplicar la GIP en la práctica. Al centrar el agua en su trabajo territorial, el proyecto permitió un enfoque de GIP más cohesionado, coordinado e impulsado por la comunidad, garantizando que las estrategias de conservación estuvieran directamente vinculadas al bienestar local. Activo en 15 parroquias de las provincias de Bolívar, Azuay, Cañar y Pichincha, Paisajes Andinos trabajó para restaurar las zonas degradadas, conservar los ecosistemas de páramo y fortalecer la resiliencia de las comunidades. El proyecto también buscaba integrar prácticas sostenibles en los sistemas de producción.

En Simiátug, el proyecto hizo especial hincapié en fomentar la colaboración entre una amplia gama de partes interesadas -incluidos organismos gubernamentales, comunidades locales, el mundo académico y representantes del sector privado- para desarrollar soluciones que alinearan las actividades productivas con los objetivos de conservación del medio ambiente, especialmente en relación con la producción lechera. Este esfuerzo participativo dio como resultado la creación del Área de Protección Hídrica de Simiátug (APH1) destinada a conservar el páramo y garantizar al mismo tiempo la calidad y la cantidad de agua necesarias para el consumo humano y la seguridad alimentaria.

El paisaje de Simiátug se ha convertido tanto en un espacio de aprendizaje como en un punto de referencia del potencial de la GIP. La experiencia del trabajo conjunto entre los actores territoriales brinda la oportunidad de explorar cómo la colaboración, la innovación y la gobernanza equitativa contribuyen a forjar un futuro resiliente para algunos de los ecosistemas andinos más importantes.

Dimensiones de la GIP en el paisaje de Simiátug

En el paisaje de Simiátug, el proyecto Paisajes Andinos aplicó los principios de la GIP para conciliar los objetivos de conservación con la producción sostenible y los medios de vida locales. La GIP es un proceso de utilización de estrategias adaptativas, inclusivas e integradoras para cambiar el comportamiento de los sistemas paisajísticos. Desde el principio del programa Landscapes For Our Future, el equipo del «Componente Central» del CIFOR-ICRAF desarrolló una tipología de seis «dimensiones» como hipótesis inicial sobre el GIP, sujeta a cambios a medida que avanzaba el aprendizaje junto con los proyectos del programa:

  • identificación y compromiso de las partes interesadas
  • promoción de procesos multipartitos
  • construir una visión común del paisaje
  • institucionalización de los mecanismos de gobernanza
  • gestión adaptativa e iterativa
  • desarrollo de soluciones técnicas y políticas específicas para cada contexto

Este estudio de caso examina cada una de estas dimensiones, aunque la sexta -adaptar las soluciones a las necesidades locales- no se aborda por separado, ya que está incrustada en toda la descripción de las acciones y estrategias del proyecto. Las siguientes secciones ilustran cómo cada una de estas dimensiones tomó forma en Simiátug, basándose en la gobernanza participativa, la colaboración intercultural y el compromiso compartido de restaurar y proteger el ecosistema del páramo.

Identificación de las partes interesadas

En 2021, el proyecto Paisajes Andinos identificó un ecosistema de páramo amenazado en Simiátug como prioritario para la conservación e inició un proceso consultivo participativo con las comunidades indígenas de esta zona basado en los principios del Consentimiento Libre, Previo e Informado (CLPI), a través del cual se obtuvo su consentimiento para colaborar en el proyecto. A partir de ese momento, el proyecto llevó a cabo una Evaluación Rural Participativa y ejercicios de cartografía de las partes interesadas para comprender mejor el contexto del paisaje. Este proceso incluyó consultas con comunidades indígenas, asociaciones de productores, juntas locales del agua, ONG e instituciones gubernamentales. Reveló la existencia de una compleja red de partes interesadas interconectadas que operan en múltiples niveles y sectores.

Tras identificar a las principales comunidades indígenas como actores centrales del paisaje, Paisajes Andinos estableció contacto inicialmente con 11 comunidades waranka kichwa situadas alrededor de la zona prioritaria del páramo. Durante la ejecución, el proyecto llegó a otras comunidades de la parroquia, llegando a relacionarse con 16 de las 17 comunidades (una comunidad declinó participar).

Las familias de estas comunidades dependen principalmente de sistemas agrícolas mixtos, que producen diversos cultivos, como patatas y ajo, así como pequeños rebaños de ganado lechero. La producción artesanal de queso constituye una de las principales fuentes de ingresos de estas familias. Sin embargo, los sistemas de producción tradicionales, que dependen del pastoreo en libertad, han contribuido a la degradación del suelo a medida que el pastoreo se expandía hacia ecosistemas de páramo sensibles. Esta situación afecta tanto a la disponibilidad de agua como a la capacidad de recuperación del ecosistema.

El proyecto también detectó un aumento de la migración estacional, ya que muchos hombres -sobre todo de las generaciones más jóvenes- emigran a centros urbanos o a grandes fincas agrícolas para realizar trabajos de temporada, dejando a las mujeres la responsabilidad principal de la ganadería y la gestión de los recursos hídricos. A pesar de su papel clave en el mantenimiento de la producción agrícola y las actividades de conservación, las mujeres se han enfrentado a menudo a barreras que limitan su participación en los procesos de toma de decisiones y su acceso a los recursos. Reconociendo este desequilibrio, el proyecto trabajó activamente para promover el liderazgo y la participación de las mujeres.

Cada comunidad indígena kichwa posee la titularidad de las tierras comunales y mantiene sistemas de gobierno tradicionales a través de consejos comunitarios elegidos. Estas estructuras proporcionan la base para la toma de decisiones de la comunidad, pero los residentes también suelen estar integrados en densas redes de organizaciones de base basadas en sus actividades e intereses económicos. Existen aproximadamente 35 organizaciones de base en la parroquia, entre las que se incluyen asociaciones de productores, empresas comunitarias dedicadas a la producción artesanal de queso, asociaciones ganaderas y lecheras, así como grupos especializados como una asociación de mujeres artesanas con sus propias cooperativas de crédito para apoyar su producción textil. Dos asociaciones -Cruzpampa y Verdepampa- representan los intereses económicos de los productores lácteos de las comunidades.

Las comunidades indígenas de la región son políticamente activas y se organizan con éxito a través de partidos políticos para defender sus intereses. Por ejemplo, el actual alcalde del cantón Guaranda, que incluye la parroquia de Simiátug, está afiliado al partido político indígena nacional, el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik. Además, la Fundación Runacunapac Yachana (FRY), una organización indígena de segundo nivel, desempeña un papel de coordinación con las comunidades y sus organizaciones de base.

El proyecto identificó dos tipos de organizaciones que desempeñan papeles cruciales en la gobernanza y la gestión del agua en el paisaje: las Juntas de Gestión del Agua Potable conocidas como JAAPs2 y las Juntas de Riego y Drenaje (JRDs3). Simiátug cuenta con 46 JAAP y 17 JRD, cada una de ellas gestionada por dirigentes elegidos entre sus miembros. Estas entidades operan a escala de microcuenca y son responsables de la gestión de los sistemas de abastecimiento de agua tanto para consumo humano como para riego, del mantenimiento de las infraestructuras y de la mediación en los conflictos entre los usuarios. Para acceder al agua, los miembros deben contribuir al trabajo comunal, pagar cuotas mensuales y participar en las reuniones de la junta directiva.

Para asegurar sus derechos sobre los recursos hídricos, estas organizaciones solicitan concesiones al Estado para evitar que otras partes interesadas, como las empresas mineras, reclamen el acceso. Sin embargo, el proceso de registro de las concesiones de agua es complicado y la mayoría permanecen en un estado informal. Esto se debe, en parte, a la burocracia y al hecho de que las comunidades de Simiátug deben viajar a Guayaquil, en el sur de Ecuador, para realizar los trámites, que implican un tiempo y unos costes considerables.

La gobernanza en Simiátug se estructura en tres niveles: parroquial, cantonal (municipal) y provincial, a través de los Gobiernos Autónomos Descentralizados (GAD)4). Los GAD desempeñan papeles clave dentro de una jerarquía de gobernanza vertical y de interacciones interjurisdiccionales. El GAD parroquial de Simátug -el nivel de gobierno más cercano a las comunidades- celebra reuniones mensuales con los representantes comunitarios. El GAD municipal de Guaranda -el nivel jurisdiccional que supervisa Simiátug- gestiona la titulación de tierras, el desarrollo económico y la política medioambiental. A nivel provincial, el GAD de Bolívar es responsable de la planificación, la producción y la política medioambiental. Dado su compromiso con la conservación, el GAD de Bolívar es considerado un fuerte aliado por el proyecto Paisajes Andinos.

Procesos multipartitos

Diversos procesos con múltiples partes interesadas apoyan la aplicación de la GIP facilitando el diálogo, la coordinación y la toma de decisiones entre los actores clave. Estos procesos y espacios son mecanismos esenciales para abordar las lagunas de gobernanza, resolver los conflictos sobre el uso de la tierra e integrar criterios de sostenibilidad a largo plazo en el paisaje. Para desarrollar una estrategia de GIP, el proyecto Paisajes Andinos colaboró con las partes interesadas del gobierno en múltiples niveles, alineando las acciones con los marcos de planificación existentes. Estos esfuerzos se integran en las estructuras de gobernanza y contribuyen a alcanzar los objetivos de conservación a largo plazo.

A nivel provincial, el GAD de Bolívar convoca la Mesa Intersectorial de Agua, Tierra y Páramo5creada en 2022. Esta plataforma combinó ocho mesas técnicas anteriormente independientes – cada una dedicada a temas específicos como el agua, los páramos, la producción y los corredores biológicos – en una estructura única, más integrada y operativa. Reúne a representantes del GAD provincial de Bolívar, así como de los GAD municipales y parroquiales, de ministerios nacionales (en particular del MAG y del MAATE), de organizaciones internacionales de cooperación no gubernamental (como CONDESAN, GIZ, FPH y FEPP), de universidades y de federaciones y organizaciones indígenas y campesinas. El objetivo de la mesa redonda es compartir información sobre proyectos o programas y potenciar las sinergias entre las partes interesadas a través de una mejor coordinación en toda la provincia de Bolívar.

Esta mesa redonda ha sido fundamental para facilitar iniciativas como la formación de brigadas comunitarias contra incendios en Simiátug, una estrategia preventiva para reducir y responder a los incendios forestales que amenazan los recursos naturales y las comunidades locales. Esta estructura también ha ayudado a reducir la duplicación de esfuerzos a nivel comunitario combinando y alineando las reuniones y reduciendo la frecuencia de las reuniones redundantes.

A nivel parroquial, el GAD de la parroquia de Simiátug convoca la Mesa Redonda Intersectorial de Simiátug.6 Esta plataforma incluye a representantes de los gobiernos municipal, provincial y nacional, pero se centra principalmente en

en amplificar las voces locales, en particular las de los representantes de la JAAP y los miembros de la comunidad. Más que un espacio de coordinación, esta mesa redonda se ha convertido en el principal mecanismo de gobernanza intercomunitaria del territorio, donde se debaten y acuerdan las decisiones clave relacionadas con la gestión de los recursos naturales y el bienestar colectivo. Las reuniones se celebran el último miércoles de cada mes coincidiendo con el día de mercado en la capital de la parroquia, lo que facilita una mayor participación. Aunque la plataforma está convocada por el GAD de la parroquia, las sesiones están dirigidas por los JAAP y los delegados comunitarios, que tienen poder de decisión sobre lo que ocurre en sus territorios.

Además, como parte de las acciones promovidas en el marco del Área de Protección Hídrica de Simiátug (APH), se creó un comité de gestión para supervisar el área y la aplicación de su plan de gestión. Cada una de las 11 comunidades de la zona del páramo, así como las JAAP y las JRD, tiene un representante con derecho a voto en el comité. Otras instituciones, como el MAG, el MAATE y la FAO, participan como observadores sin derecho a voto. Este comité no sólo garantiza una amplia representación, sino que también dirige la aplicación del Plan Técnico de Gestión del APH, que se elaboró de forma colectiva mediante diagnósticos rurales participativos realizados con las comunidades locales para analizar conjuntamente el uso de la tierra, la organización social y las prácticas de gestión del páramo. El plan sirve de hoja de ruta para priorizar los proyectos que abordan los retos territoriales y orienta las decisiones estratégicas que se toman dentro de este espacio de gobernanza.

Estos mecanismos han reforzado la colaboración entre los gobiernos locales, las comunidades y las partes interesadas del sector privado, integrando los principios de la GIP en las estructuras de gobernanza local a largo plazo.

Visión común

En Simiátug, el acceso seguro al agua, tanto en términos de calidad como de cantidad, surgió como una prioridad compartida que conecta a las diversas partes interesadas de todo el paisaje. La gobernanza del agua vincula a las partes interesadas de múltiples niveles y se ha convertido en un eje central del diálogo local entre múltiples partes interesadas, sirviendo de base para los esfuerzos tanto de conservación como de producción sostenible.

En el pasado, la seguridad hídrica no estaba necesariamente vinculada a la conservación de los páramos, ya que estos ecosistemas de las tierras altas se veían a menudo como zonas con potencial para la expansión agrícola y ganadera. Sin embargo, con el aumento de la escasez de agua en la última década, las percepciones han cambiado. Al centrarse en la seguridad del agua, el proyecto integró eficazmente las prioridades de conservación del páramo en las plataformas de gobernanza, alineándolas con los medios de subsistencia locales.

Aunque ésta no fue una visión explícitamente compartida desde el principio, el problema creciente y comúnmente percibido de la escasez de agua actuó como una fuerza estructuradora que facilitó la coordinación institucional, mejoró el compromiso de las partes interesadas y permitió la planificación de la sostenibilidad a largo plazo. A través de una colaboración continua, esta alineación implícita guió la aplicación práctica de la GIP y ayudó a dar forma a los procesos de gobernanza en curso.

Además, la FAO de Ecuador articuló una visión más amplia para la recuperación y protección de los páramos en toda la cuenca occidental de los Andes, centrada en servicios como la seguridad hídrica, el secuestro de carbono y la seguridad alimentaria. Esta visión también promueve el fortalecimiento de la producción agrícola y de las cadenas de valor, en consonancia con los intereses de los diversos grupos interesados. Por ejemplo, los representantes de los GAD provinciales y municipales reconocen que los páramos son importantes fuentes de agua potable para sus centros urbanos.

Como resultado, el agua ha servido de hilo conductor, uniendo a los miembros de las comunidades locales, las instituciones gubernamentales, las organizaciones no gubernamentales y el sector productivo. Estos intereses compartidos han facilitado la colaboración intersectorial e institucional, posicionando a la GIP como un enfoque práctico de la gobernanza inclusiva y sostenible.

Institucionalización

Uno de los hitos más importantes en la institucionalización de la GIP en el paisaje de Simiátug fue la creación de la APH-Simiátug, un logro que fue posible gracias al proyecto. Antes del proyecto, la mayoría de las comunidades de los alrededores del páramo ya habían suscrito acuerdos individuales de conservación con el apoyo de ONG como el FEPP y la FPH. Estos acuerdos informales de conservación ayudaron a iniciar la protección del páramo a nivel comunitario, pero el reconocimiento oficial a través del APH era necesario para proporcionar un respaldo legal, unificar los esfuerzos fragmentados, reforzar la coordinación institucional y garantizar una gobernanza a largo plazo y a escala de paisaje de los recursos hídricos y del páramo. El marco del APH permitió la consolidación de una estructura de gobernanza legalmente reconocida, la delimitación formal de una frontera territorial alrededor del páramo, el establecimiento de un comité de gestión designado para la gobernanza participativa formal y el desarrollo de un plan de gestión para la zona.

Una vez aprobado por el MAATE, este plan de gestión proporcionará una capa adicional de institucionalización al APH Simiátug, ya que reconocerá formalmente el papel activo de las comunidades circundantes, las JAAP y las JRD en la cogestión de la zona. El plan también alinea las prioridades comunitarias con los planes públicos de inversión y desarrollo, reforzando la capacidad institucional del territorio para sostener los esfuerzos de restauración del paisaje a largo plazo.

Varios marcos institucionales y políticos orientan y refuerzan esta iniciativa. El MAATE garantiza la salvaguarda de los servicios ecosistémicos relacionados con el agua a través de instrumentos como la Ley de Recursos Hídricos y la delimitación de Áreas de Prioridad Nacional para la Protección del Agua. Además, el Plan Nacional de Gestión Integral e Integrada de los Recursos Hídricos de las Cuencas Hidrográficas y Cuencas Hidrográficas del Ecuador busca garantizar la integridad de los ecosistemas de agua dulce para las poblaciones que dependen de ellos. Complementariamente, el Plan Nacional para la Conservación, Restauración y Uso Sostenible de los Páramos refuerza el compromiso del país con la resiliencia del paisaje y la protección de los ecosistemas altoandinos.

Para integrar los principios de la GIP en las estructuras de gobernanza, Paisajes Andinos firmó cartas de acuerdo formales con instituciones socias clave, incluidos los GAD parroquiales, municipales y provinciales. Estos acuerdos sentaron las bases para los esfuerzos de colaboración interinstitucional y el compromiso más allá de la vida útil del proyecto, garantizando que los esfuerzos de conservación y producción sostenible permanezcan activos más allá de la ejecución directa del proyecto. Esta institucionalización de acuerdos, planes y espacios de gobernanza ha contribuido a consolidar la Gestión Integrada del Paisaje como un enfoque válido, reconocido y replicable en el territorio.

Aprendizaje iterativo y adaptativo

En Simiátug, los procesos participativos empoderaron a las partes interesadas locales, reforzaron las capacidades técnicas y promovieron alternativas sostenibles a las prácticas tradicionales. Estos procesos permitieron realizar ajustes continuos en las estrategias de conservación y producción sostenible, garantizando que las intervenciones evolucionaran en respuesta a las necesidades de la comunidad, los retos contextuales y las oportunidades emergentes.

Inicialmente, el proyecto Paisajes Andinos llegó a Simiátug con el interés de conservar las zonas de páramo de la parroquia, pero sin un modelo de aplicación sencillo. Las comunidades expresaron su preocupación por la disponibilidad de agua, lo que facilitó un punto de entrada para el diálogo y la aceptación de las medidas de conservación. Para fomentar la confianza y apoyar la comprensión por parte de las comunidades de las diferentes designaciones de conservación, el proyecto introdujo a un técnico del MAG, que también era un líder indígena, lo que fomentó unos lazos más estrechos.

Además, el proyecto organizó visitas de intercambio con otras comunidades que ya habían establecido Áreas de Conservación y Uso Sostenible (ACUS7) o tenían experiencia con corredores biológicos, lo que permitió a las comunidades simiátug comprender mejor sus opciones de conservación del agua. Tras facilitar intercambios y talleres para evaluar diferentes mecanismos legales y territoriales para la conservación y la conectividad, se tomó la decisión colectiva de establecer un Área de Protección Hídrica (APH), que posteriormente se formalizó en un plan para establecer el APH Simiátug.

A medida que avanzaba el proyecto, el papel de las mujeres en la conservación y la producción se hizo cada vez más evidente, a pesar de los desequilibrios persistentes en las responsabilidades y la participación en la toma de decisiones, sobre todo en relación con las economías domésticas, la gestión del ganado, la gobernanza del agua y las cadenas de valor. Reconociendo esta realidad, el proyecto ajustó su enfoque integrando iniciativas financieras comunitarias sensibles al género que fortalecen la autonomía económica de las mujeres. Sin embargo, la plena participación de las mujeres siguió viéndose afectada por sus obligaciones como cuidadoras.

Aunque asistían a los espacios de capacitación, muchas no eran capaces de participar plenamente, ya que tenían que llevar a sus hijos con ellas. En respuesta, el proyecto puso en marcha los «Rincones de los niños», espacios seguros dentro de cada taller donde los niños podían disfrutar de actividades recreativas bajo la supervisión de adultos formados, lo que permitía a sus madres participar activamente en las formaciones o reuniones.

Estas adaptaciones permitieron a las mujeres asumir funciones de liderazgo y participar de forma significativa sin comprometer sus responsabilidades como cuidadoras. El proyecto integró una perspectiva de género en la gobernanza de la conservación a través de intervenciones específicas: talleres de formación adaptados a los horarios y necesidades de las mujeres, iniciativas financieras comunitarias que refuerzan la autonomía económica de las mujeres, e incentivos y recursos destinados a mejorar la productividad y el bienestar. Hoy en día, las mujeres representan una parte significativa de los participantes en el proyecto (51%), lo que refleja su creciente papel de liderazgo en la producción y las economías locales.

La experiencia también ayudó a remodelar el concepto de las intervenciones sostenibles en el uso de la tierra. Dado que el establecimiento del APH exigía que los ganaderos adoptaran prácticas de producción más sostenibles para reducir la presión sobre el páramo, el proyecto reconoció la necesidad de encontrar alternativas viables. Como resultado, introdujo «Centros de Servicios» gestionados por la comunidad en Cruz de Ventanas, Verdepampa y Natawa.

Estos centros proporcionan asistencia técnica básica a los residentes locales y venden suministros comprados al por mayor para las necesidades de la comunidad, mejorando así el acceso a recursos clave. Además, el proyecto contribuyó a la formación de cooperativas de ahorro comunitarias, que conceden pequeños préstamos a sus miembros y funcionan como herramientas financieras accesibles en zonas donde no existen servicios financieros convencionales. Tanto los centros de servicios como las cooperativas de ahorro comunitarias proporcionaron apoyo financiero y asistencia técnica, ayudando a superar las barreras iniciales y facilitando la adopción de prácticas sostenibles. Estos ejemplos ilustran cómo el aprendizaje temprano – posibilitado por la identificación de las barreras sobre el terreno, la participación activa de la comunidad y los intercambios con otras experiencias – condujo al diseño de soluciones a medida que mejoraron la adopción de prácticas sostenibles.

Conclusiones

El establecimiento del Área de Protección Hídrica (APH) de Simiátug representa un logro significativo, ya que sienta las bases para que la conservación del agua beneficie tanto a las partes interesadas locales de Simiátug como a la provincia de Bolívar en general. Este proceso se desarrolló mediante una gobernanza participativa, en la que las comunidades locales desempeñaron un papel central en la toma de decisiones y en la definición de las prioridades de conservación.

Aplicando un enfoque de GIP, la iniciativa consiguió equilibrar la conservación del agua con el uso sostenible de la tierra, integrando las actividades productivas y de conservación para mantener los servicios ecosistémicos esenciales. Estos incluyen la protección de las cuencas, la regulación del ciclo hidrológico y la conservación de la biodiversidad, garantizando la calidad y disponibilidad del agua para las comunidades locales.

La integración de una perspectiva de género en la gestión del paisaje ha reforzado tanto la equidad social como los resultados de sostenibilidad. Reconocer y potenciar la contribución de las mujeres en Simiátug ha sido clave para el éxito continuado de su APH.

La participación activa de socios clave, como la FAO y el GAD provincial de Bolívar, ha sido crucial para apoyar los mecanismos de gobernanza que integran el liderazgo comunitario en la gestión de los recursos naturales, garantizando la sostenibilidad del proceso a largo plazo.

Todas las fotos son cortesía de FAO Ecuador.

Publicado por primera vez en febrero de 2026. Esta página es un borrador preliminar que ha sido traducido automáticamente del inglés al español por DeepL. Consulte el artículo definitivo publicado:


  1. Área de Protección Hídrica-Simiátug ↩︎
  2. Juntas Administradoras de Agua Potable ↩︎
  3. Juntas de Riego y Drenaje ↩︎
  4. Gobiernos Autónomos Descentralizados ↩︎
  5. Mesa Intersectorial del Agua, Suelo y Páramo ↩︎
  6. Mesa Intersectorial Simiátug ↩︎
  7. Áreas de Conservación y Uso Sostenible ↩︎

Dando forma a lo no cartografiado: Gobernar la frontera olvidada de Paraguay

¿Qué hace falta para practicar la Gestión Integrada del Paisaje (GIP) en un lugar sin apenas presencia humana permanente, con instituciones estatales débiles y una dinámica de poder muy desigual?

Por Natalia Cisneros, Peter Cronkleton y Dominique le Roux (CIFOR-ICRAF; Patricia Roche, Valentina Bedoya, Andrea Garay, Karim Musálem y Aida Luz Aquino (WWF Paraguay)

El CERES1 en el Cerrado Chaco septentrional de Paraguay demuestra que la GIP puede funcionar incluso en condiciones extremas, si los actores están dispuestos a adaptarse, utilizan la coordinación informal de forma creativa y dan prioridad a la legitimidad frente a los esquemas rígidos.

En este caso no se trata simplemente de conservar un ecosistema raro y amenazado. Se trata de construir la gobernanza en el vacío: establecer la primera presencia permanente del Estado en un territorio anteriormente gestionado a distancia, apoyar a las comunidades indígenas ayoreo para que vuelvan a conectar con sus tierras ancestrales y encontrar la forma de que los ganaderos, la sociedad civil y el gobierno colaboren a pesar de tener intereses profundamente divergentes.

Para los donantes, demuestra cómo la inversión en facilitación, institucionalización y participación de la comunidad puede producir beneficios duraderos -como la titulación legal del Monumento Natural Cerro Chovoreca- que de otro modo habrían estado fuera de su alcance.

Para los profesionales, las lecciones son igualmente agudas. El proyecto muestra el valor de la facilitación neutral en espacios disputados, la importancia de los mecanismos informales (desde los grupos de WhatsApp hasta las reuniones ad hoc) para mantener las decisiones en movimiento, y la necesidad de aceptar avances simbólicos -como las visitas periódicas a las tierras ancestrales- cuando las soluciones permanentes aún no son posibles. Sobre todo, pone de relieve que la GIP tiene menos que ver con planes perfectos y más con el aprendizaje adaptativo, la creación de confianza y el anclaje de los pequeños pasos en un cambio institucional duradero.

Sobre el paisaje

El Cerrado chaqueño es la última frontera verde de Paraguay. A pesar de su inmenso valor ecológico, es uno de los ecosistemas más amenazados y menos conocidos del país. Representa una de las únicas porciones del bioma del Cerrado en Paraguay y se encuentra en la convergencia de distintas ecorregiones -el Chaco Seco, el Pantanal y el Cerrado propiamente dicho- formando un mosaico único de biodiversidad y riqueza cultural. Esta región forma parte del territorio ancestral del pueblo ayoreo, que incluye tanto comunidades en contacto como otras en aislamiento voluntario, cuyas prácticas tradicionales y cosmovisiones están profundamente conectadas con el paisaje.

Las condiciones en el Monumento Natural Cerro Chovoreca (MCCN) y sus alrededores, situado en el distrito de Bahía Negra, son extremas. La zona de intervención se encuentra en una de las regiones más remotas de Paraguay, con escasos asentamientos humanos, conectividad, infraestructuras o presencia pública del Estado.

Estas limitaciones territoriales suponen un reto importante para los esfuerzos de conservación y el desarrollo sostenible: es de difícil acceso, incluso para los guardaparques, sufre escasez de agua y es muy vulnerable a los incendios forestales. Aunque Bahía Negra contiene el mayor número de áreas protegidas de Paraguay y forma parte de la Reserva de la Biosfera del Chaco, su aislamiento ha limitado la acción del Estado y dificultado la gobernanza. Además, la falta de agua superficial ha impedido a la comunidad Ayoreo Chovoreca habitar y mantener una presencia permanente en su territorio, a pesar de su deseo de hacerlo.

Mientras tanto, el sector ganadero de la región está muy desarrollado.

En respuesta a estas condiciones, en 2020 se puso en marcha el Proyecto CERES, una iniciativa internacional liderada por WWF Países Bajos y ejecutada en Brasil (por WWF Brasil y el Instituto Sociedad, Población y Naturaleza) y Paraguay (por WWF Paraguay) con financiación de la Unión Europea. Aunque el proyecto se ejecutó en ambos países, este estudio de caso se centra en las actividades realizadas en Paraguay. Hasta su clausura en 2024, CERES promovió un modelo de desarrollo inclusivo y sostenible dirigido a empoderar a las comunidades locales, fortalecer las capacidades institucionales, influir en las políticas públicas y concienciar sobre el valor del Cerrado mediante estrategias participativas y campañas de comunicación.

Una de las áreas de intervención del CERES incluyó el CCNM, la zona circundante de Agua Dulce y la Comunidad Indígena Chovoreca Garaigosode Ayoreo. La topografía es predominantemente llana con ligeros cambios de elevación cerca de la frontera con Brasil. El paisaje se caracteriza por una baja densidad de población y un alto valor estratégico para la conectividad ecológica con otras zonas, como el Parque Nacional Defensores del Chaco, la mayor área natural protegida de Paraguay.

Dimensiones del GIP en el paisaje del Monumento Natural del Cerro Chovoreca

El enfoque de la GIP permite analizar cómo surgen las distintas dimensiones e influyen en el éxito de las intervenciones territoriales complejas. La GIP es un enfoque que promueve la coordinación entre diversos actores, sectores y niveles de gobernanza, estructurado en torno a seis dimensiones clave:

  • identificación y compromiso de las partes interesadas;
  • promoción de procesos con múltiples partes interesadas;
  • desarrollo de una visión paisajística común;
  • institucionalización de los mecanismos de gobernanza;
  • gestión adaptativa e iterativa; y
  • desarrollo de soluciones técnicas y políticas específicas para cada contexto.

Este estudio de caso examina cada una de estas dimensiones, aunque la sexta -la adaptación de las soluciones a las necesidades locales- no se aborda por separado, ya que está incrustada en toda la descripción de las acciones y estrategias del proyecto. Las siguientes secciones ilustran cómo, concretamente en el proyecto CERES de Paraguay, estas dimensiones estuvieron presentes en diferentes aspectos del trabajo, generando lecciones clave para la sostenibilidad y la gobernanza del Cerrado.

Identificación de las partes interesadas

El paisaje de sabana del norte del Chaco paraguayo reúne a diversas partes interesadas con distintos niveles de implicación, intereses y capacidad de acción.

Antes del CERES, muchas partes interesadas no tenían una presencia física sostenida en la zona debido a su lejanía, inaccesibilidad y falta de infraestructuras básicas, lo que dificultaba la gobernanza y la coordinación interinstitucional.

El Ministerio de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible (MADES), responsable de la gestión de las áreas protegidas, no tenía presencia permanente en la zona. A petición del MADES, el CERES estableció un puesto de control móvil para los guardaparques, siendo la primera vez que el Estado mantenía allí una presencia operativa continua. El MADES también estaba interesado en avanzar en la titulación legal del Monumento Natural Cerro Chovoreca para consolidar y formalizar el área protegida.

El Ministerio de Defensa Nacional mantuvo una presencia a través de las bases militares cercanas. El Instituto Nacional de Desarrollo Rural y de la Tierra (INDERT2) ostenta la propiedad legal del CCNM, que debía transferirse al MADES para su reconocimiento formal como área protegida.

El Instituto Paraguayo del Indígena (INDI3), encargado de velar por la legítima representación de las comunidades indígenas, desempeñó un papel clave en la validación de su participación en este contexto tan delicado, ya que en la zona también habitan comunidades en aislamiento voluntario.

La ganadería extensiva es uno de los sectores más influyentes en el paisaje chovoreco. La Asociación de Ganaderos de Agua Dulce (APAD4), que agrupa a los ganaderos locales, es una de las principales partes interesadas y una de las pocas con presencia permanente. Sus miembros controlan una parte importante de la economía local, con grandes propiedades y capacidades logísticas que les otorgan influencia tanto sobre la dinámica productiva como sobre las decisiones territoriales.

También hay pueblos indígenas con derechos e intereses en el paisaje. La comunidad Ayoreo Chovoreca posee una extensión de 20.000 hectáreas utilizada históricamente para su sustento nómada. A pesar de poseer una propiedad titulada, la creciente presión territorial llevó a la comunidad a buscar una presencia más constante en sus tierras para protegerlas y defender sus derechos. Sin embargo, se han enfrentado a obstáculos para regresar a sus tierras ancestrales y salvaguardarlas debido a las condiciones climáticas, las deficiencias de las infraestructuras y la falta de servicios básicos.

Además de WWF Paraguay, varios grupos de la sociedad civil también trabajan en el paisaje, entre ellos diferentes ONG como Guyra Paraguay, Iniciativa Amotocodie y Alter Vida.

Procesos multipartitos

El proceso de implantación del CERES en el paisaje de Chovoreca ha sido una historia de adaptación estratégica, marcada por el aprendizaje, la reevaluación y la reconexión.

Inicialmente, WWF Paraguay participó en un proceso de planificación del uso de la tierra con múltiples partes interesadas(POUT5) para el distrito de Bahía Negra, que había estado activo durante varios años. Aunque este espacio ofrecía un punto de entrada para el diálogo sobre el paisaje, los intereses divergentes entre los participantes y la percepción de WWF Paraguay como un facilitador no neutral (debido a su enfoque conservacionista) acabaron por estancar el progreso. El POUT nunca recibió la aprobación municipal.

Aprendiendo de ello, el equipo de CERES (que trabajaba como WWF Paraguay, ya que la identidad del proyecto era menos conocida a nivel local) redefinió su estrategia multi-actores. Como parte del componente de fortalecimiento de las áreas protegidas, el proyecto pasó a apoyar el proceso de titulación del Monumento Natural Cerro Chovoreca como primer paso de una estrategia más amplia para sostener los corredores biológicos. Esta nueva fase convocó a las principales partes interesadas en un grupo de trabajo multisectorial que, mediante una coordinación eficaz entre la sociedad civil, el gobierno y el sector privado, logró un importante hito político: la titulación legal del área protegida.

Cada actor desempeñó un papel claro. APAD, WWF y Guyra Paraguay apoyaron con asesoramiento legal y logístico; el MADES lideró el proceso normativo y técnico; el INDERT realizó el relevamiento judicial de tierras; y el Ministerio de Defensa, la Comisión Nacional de Límites, la Secretaría Nacional de Catastro, la Dirección de Geodesia, la Dirección Nacional de Registros Públicos y el Escribano Público Mayor facilitaron la transferencia legal y el registro formal. Esta colaboración permitió la titulación oficial del Monumento Natural Cerro Chovoreca en junio de 2024, mediante la transferencia de la propiedad de la tierra del INDERT al MADES. El hito se anunció públicamente en un acto al que asistió el Presidente de Paraguay.

Con el área ya titulada, se formó un nuevo grupo de trabajo con múltiples partes interesadas para desarrollar un plan de gestión, con el apoyo de un facilitador externo para garantizar la neutralidad técnica. En esta tercera fase, WWF asumió deliberadamente un papel menos destacado. La contratación de una empresa externa facilitó un proceso participativo imparcial y eficaz. Además, el apoyo sostenido y la financiación de CERES y otras iniciativas de WWF permitieron la participación activa de las comunidades ayoreo.

La coordinación en la fase de titulación se produjo principalmente a través de mecanismos informales -grupos de WhatsApp, acuerdos verbales y reuniones puntuales- que permitieron tomar decisiones operativas ágiles. Para el plan de gestión, la colaboración se estructuró principalmente a través de visitas sobre el terreno, talleres participativos, entrevistas y reuniones entre investigadores, autoridades y comunidades. En ambos casos, los espacios de diálogo flexibles permitieron llegar a acuerdos, formalizados posteriormente mediante resoluciones y acuerdos oficiales.

Al igual que en procesos similares, hubo dudas iniciales sobre la inclusión de nuevos actores, sobre todo teniendo en cuenta la brevedad de los plazos. Sin embargo, el diálogo sostenido con la comunidad ayoreo dio como resultado lo contrario: la participación de la comunidad ayoreo, incluso durante el trabajo de campo, reforzó la legitimidad del proceso y enriqueció el contenido técnico del plan al incorporar los conocimientos tradicionales, los lugares sagrados, los usos históricos de la tierra y los valores culturales y espirituales del paisaje.

Este proceso multilateral transformó las relaciones institucionales. Las comunidades pasaron de ser percibidas como obstáculos a ser vistas como aliados clave, y los actores públicos reconocieron el valor de una participación verdaderamente integradora. Esto sentó las bases de un nuevo modelo de gobernanza territorial basado en el respeto mutuo, la naturaleza complementaria de los sistemas de conocimiento y la responsabilidad compartida.

Este proceso demostró que la integración no requiere que todos estén de acuerdo desde el principio, sino mecanismos de diálogo, resolución de conflictos y convergencia hacia objetivos compartidos. La clave fueron unas reglas claras, unas tareas definidas y una agenda compartida.

Visión común

Desde el principio, CERES propuso una visión amplia y flexible: conservar un Cerrado resiliente mediante un desarrollo inclusivo y sostenible, a pesar de que pocas personas en Paraguay conocían la existencia de esta ecorregión. Este encuadre de alto nivel permitió que la visión siguiera siendo relevante a lo largo de todo el proyecto, tanto en Paraguay como en Brasil, sin requerir ajustes significativos, a pesar de los cambios contextuales y los desafíos de la implementación.

En Paraguay, esta amplitud aportó tanto ventajas como desafíos. Por un lado, ayudó a alinear a las diversas partes interesadas -comunidades indígenas, grupos de productores, instituciones públicas- en torno a la narrativa general del proyecto. Por otro, la falta de especificidad limitó inicialmente el desarrollo de una hoja de ruta compartida o de intervenciones prioritarias.

La visión compartida no surgió en una sola fase, sino que fue tomando forma a través de procesos iterativos, como los que condujeron a la titulación del Cerro Chovoreca y al desarrollo participativo del plan de gestión. En esos espacios, los intereses específicos de los actores convergieron gradualmente en una comprensión compartida del paisaje: la necesidad de organizar, proteger y gestionar en colaboración un territorio crucial para la conservación, la ganadería, la identidad cultural y la seguridad jurídica.

Institucionalización

Uno de los impactos más duraderos del CERES fue ayudar a institucionalizar procesos que antes eran dispersos o informales. El plan de gestión fue aprobado mediante una resolución ministerial del MADES, convirtiéndose en una herramienta oficial para la gestión del área protegida. Al haber sido elaborado con la participación de múltiples sectores y validado por los representantes de Ayoreo, se convirtió en un ejemplo de buenas prácticas para otros paisajes y áreas protegidas.

Los participantes descubrieron que los canales informales -grupos de WhatsApp, acuerdos verbales y reuniones ocasionales- eran formas eficaces de afinar el plan. Una vez alcanzado el consenso, las decisiones se formalizaron mediante resoluciones oficiales, acuerdos y procedimientos internos. El proyecto consiguió institucionalizar varias de estas prácticas, que ahora están siendo reproducidas por instituciones públicas de otros lugares del país.

La estrategia del WWF de implicarse en los procesos preexistentes de titulación y planificación demostró que los proyectos no necesitan crear estructuras paralelas, sino que pueden reforzar las existentes legitimándolas y mejorando sus capacidades técnicas y sociales. La institucionalización no era un objetivo en sí mismo, sino un medio para mantener los logros más allá del ciclo de financiación del proyecto.

Aprendizaje iterativo y adaptativo

El enfoque de la GIP no fue un proyecto aplicado desde el principio del CERES; fue una práctica gradualmente comprendida, negociada y adaptada. El equipo técnico, los socios ejecutores y los actores locales aprendieron juntos esencialmente lo que significaba la GIP en un paisaje remoto y complejo como el Cerrado chaqueño.

Una de las mayores lecciones llegó cuando el equipo se dio cuenta de que su propuesta original -establecer corredores biológicos funcionales entre las unidades de conservación- era técnicamente sólida pero operativamente imposible dadas las divergencias entre las partes interesadas en aquel momento. Cuando el espacio de diálogo POUT se estancó, WWF y sus socios optaron por no forzar su aplicación. En su lugar, optaron por destacar la importancia de la designación del corredor. A través de mapas, narraciones y espacios de diálogo, se estableció socialmente la idea de la conectividad ecológica sin imponer restricciones formales. Esto no fue sólo un cambio táctico, sino una lección más profunda sobre la prioridad de la legitimidad sobre la imposición técnica.

Otra lección importante tuvo que ver con los esfuerzos por apoyar el retorno físico de la comunidad ayoreo a sus tierras ancestrales mediante la instalación de un pozo de agua. Aunque se entregó la infraestructura, las condiciones territoriales (clima, acceso, servicios) no permitieron un asentamiento permanente. Lejos de ver esto como un fracaso, el equipo comprendió que la reconexión simbólica, las visitas periódicas y la supervisión de la comunidad eran formas legítimas de restablecer los lazos con la tierra, ajustando las expectativas sin abandonar el objetivo de fortalecer las relaciones entre los ayoreo y el paisaje.

Por último, la experiencia de facilitar directamente espacios con múltiples partes interesadas -como la plataforma POUT- puso de relieve cómo el liderazgo técnico puede entrar en conflicto con la necesidad de neutralidad en procesos delicados. Al haberse enfrentado a tales tensiones antes de CERES, WWF profundizó en su comprensión del valor de la facilitación neutral. Así, WWF/ CERES decidió no liderar directamente esos espacios y, en su lugar, contrató a facilitadores externos, lo que mejoró la percepción de imparcialidad y redujo las tensiones entre las partes interesadas.

Todo esto ocurrió dentro del marco del proyecto de la UE, que tenía objetivos, plazos y componentes predefinidos. Sin embargo, el equipo demostró flexibilidad estratégica -adaptando planes, replanteando objetivos y reconfigurando alianzas- sin perder de vista los principios básicos. En resumen, CERES no se limitó a aplicar el enfoque de la GIP, sino que aprendió con la práctica. El proceso de aprendizaje adaptativo fue continuo y transversal, lo que permitió al proyecto mantener el rumbo incluso cuando hubo que rediseñar el camino original debido a las realidades territoriales.

Conclusiones

La experiencia del proyecto CERES en el Chaco Cerrado paraguayo demuestra que la Gestión Integrada del Paisaje puede ser eficaz incluso en contextos marcados por la lejanía, la escasa presencia institucional y unas relaciones de poder profundamente desiguales. En lugar de aplicar un modelo fijo, el proyecto demostró el valor de adaptar los principios de la GIP a las realidades locales, priorizando la legitimidad, la flexibilidad y la confianza sobre las estructuras rígidas o las soluciones predefinidas.

En un paisaje en el que la gobernanza había funcionado durante mucho tiempo a distancia, el CERES ayudó a sentar las bases de la acción colectiva reforzando la coordinación informal, posibilitando el diálogo entre socios improbables y anclando gradualmente estos procesos en las instituciones formales. Logros como la titulación legal del Monumento Natural Cerro Chovoreca ilustran cómo pasos incrementales y bien facilitados pueden desbloquear un cambio institucional duradero, incluso en vacíos de gobernanza.

Igualmente importantes son las lecciones del proyecto sobre el aprendizaje adaptativo. Al reconocer cuándo los planes originales eran impracticables, aceptar los avances simbólicos o parciales y valorar la facilitación neutral en espacios contestatarios, CERES reforzó que la GIP no trata de obtener resultados perfectos, sino de sostener procesos que permitan que la colaboración evolucione. En este sentido, el caso pone de relieve la GIP como una práctica de paciencia, pragmatismo y compromiso a largo plazo en paisajes fronterizos complejos.

Todas las fotos son cortesía de WWF Paraguay.

Publicado por primera vez en febrero de 2026. Esta página es un borrador preliminar que ha sido traducido automáticamente del inglés al español por DeepL. Consulte el documento final publicado:

Para consultar más casos prácticos de la GIP, visite landscapesfuture.org/ilm-case-studies/


  1. Gestión Integrada y Sostenible del Paisaje del Cerrado en el Brasil y el Paraguay ↩︎
  2. Instituto Nacional de Desarrollo Rural y de la Tierra ↩︎
  3. Instituto Paraguayo del Indígena ↩︎
  4. Asociación de Productores de Agua Dulce ↩︎
  5. Plan de Ordenamiento Urbano y Territorial ↩︎

Lo que estamos aprendiendo: Reflexiones desde América Latina

La gestión integrada del paisaje puede parecer abstracta, pero cobra vida sobre el terreno. Este año, hemos vuelto a visitar nuestros paisajes para ver cómo la GIP va tomando forma en la práctica. A través de conversaciones sinceras, la reflexión colaborativa y algunas preguntas desafiantes, hemos estado explorando lo que funciona, lo que no, y cómo los equipos están aprendiendo sobre la marcha.

En los últimos meses, hemos tenido la oportunidad de realizar misiones de aprendizaje de segunda ronda en nuestros paisajes de Colombia, Ecuador y Paraguay. Estas visitas formaban parte de un proceso estructurado más amplio para extraer lecciones del terreno, reflexionar de forma crítica con los equipos de los proyectos y contribuir a una comprensión compartida de cómo es en la práctica la gestión integrada del paisaje (la GIP).

Seguimos la misma estructura en todos los países, reflejando lo que nuestros colegas del Componente Central estaban haciendo en sus regiones: basándonos en las respuestas de cada equipo a una encuesta inicial en línea -que recogía el contexto del paisaje y los orígenes del proyecto- junto con las seis dimensiones que habíamos hipotetizado como ingredientes clave para el éxito de la GIP. Estas aportaciones informaron talleres de dos o tres días con los equipos de los proyectos, en los que les invitamos a reflexionar sobre lo que habían hecho, por qué lo habían hecho y cómo habían cambiado las cosas desde nuestras primeras visitas en 2022.

Anclar conceptos abstractos en lugares reales

Una gran lección aprendida fue el reto de la escala. la GIP, por naturaleza, es compleja – y muchos de los paisajes en los que operan estos proyectos son vastos. En Ecuador, por ejemplo, la zona original del proyecto abarcaba casi toda la región andina. Así que, cuando pedimos a los equipos que respondieran a los indicadores de la encuesta, se encontraron saltando entre regiones distantes: la caña de azúcar en el sur, un conflicto por el agua en el norte, un corredor vial afectado por el narcotráfico en otra parte completamente distinta.

Rápidamente quedó claro: para mantener debates significativos sobre cómo funciona realmente la GIP, necesitábamos hacer un zoom. Así que, en cada país, anclamos la conversación en torno a un paisaje más pequeño y claramente definido en el que se aplicaban en paralelo múltiples dimensiones de la GIP. Eso ayudó a los equipos a reflexionar con mayor claridad y nos permitió profundizar.

La importancia de quién está en la sala

Tuvimos la intención de invitar a personas que estuvieran implicadas operativamente en el proyecto – no sólo a jefes administrativos o coordinadores superiores, sino a personas que entendieran cómo se desarrollaba el trabajo sobre el terreno. Al mismo tiempo, también necesitábamos personas que pudieran ver el panorama general – que entendieran que lo que estaban haciendo formaba parte de un enfoque la GIP. Esa combinación – fundamentada pero estratégica – marcó la diferencia en la calidad de las percepciones que recibimos.

De las puntuaciones generosas a la reflexión crítica

Un patrón que observamos fue que los equipos eran inicialmente muy generosos con sus autoevaluaciones – a veces daban puntuaciones altas en todos los ámbitos. Nos dimos cuenta de que teníamos que aclarar que el sistema de puntuación no tenía que ver con lo bueno o lo malo, sino que era una herramienta para la reflexión honesta. Después de reforzar eso, empezamos a ver más variación en las puntuaciones y debates más constructivos.

Por ejemplo, en un taller, todo el mundo valoró muy positivamente la integración de la perspectiva de género… hasta que la especialista en cuestiones de género tomó la palabra y cuestionó la valoración. Eso desencadenó una gran conversación. En otro caso, el jefe del proyecto se incorporó el segundo día y aportó una perspectiva más crítica, lo que ayudó a equilibrar las opiniones en la sala. Estas dinámicas hicieron que las sesiones fueran más matizadas y significativas.

Lo que estamos aprendiendo sobre el aprendizaje

Una dimensión que puntuó sistemáticamente más bajo en todos los países fue el «aprendizaje iterativo». Empezamos a sospechar que el concepto no se comprendía del todo o, al menos, no estaba profundamente arraigado en la forma en que los equipos reflexionaban sobre su propio trabajo. No se trata sólo de ajustar un plan de trabajo o de cambiar de actividad a mitad de camino. Se trata de crear un bucle de aprendizaje: supervisar activamente, poner a prueba los supuestos, aprender de la experiencia y adaptar las estrategias con las partes interesadas. Nos dimos cuenta de que teníamos que hacer más para ayudar a los equipos a comprender esta dimensión y a ponerla en práctica.

Conversaciones sinceras y escritura colaborativa

Quizá lo más gratificante de las misiones fue lo abiertamente que los equipos compartieron con nosotros y lo dispuestos que estuvieron a co-crear los resultados del aprendizaje. En cada país, aprovechamos la sesión final para compartir un borrador de los aprendizajes clave que habíamos captado. Los equipos respondieron en tiempo real, haciendo correcciones, aclarando ideas y añadiendo detalles. Ese ir y venir iterativo ayudó a garantizar la exactitud y fomentó la apropiación de las conclusiones.

Los informes que elaboramos no son sólo sobre los proyectos: se escribieron con ellos. Los equipos de Colombia, Paraguay y Ecuador, por ejemplo, aportaron comentarios detallados que iban mucho más allá de la comprobación de erratas. Nos ayudaron a perfeccionar la narrativa para reflejar mejor la dinámica de las partes interesadas, la historia de los proyectos y la evolución de las estrategias. No fueron meras revisiones técnicas: fueron verdaderas colaboraciones.

Lo que sigue

Al final, este proceso ha sido tanto intelectual como emocionalmente exigente. Las discusiones fueron sinceras. La escritura fue colaborativa. Y el aprendizaje fue mutuo. Al reflexionar sobre lo que está surgiendo en América Latina, nos sorprende la diversidad de enfoques – y los principios comunes que los sustentan.

Desde la coordinación basada en WhatsApp en Paraguay hasta el diseño adaptativo de trampas para cangrejos en Colombia, los principios de la GIP están arraigando de formas muy diferentes. Nuestra esperanza es que, al documentar y compartir estas experiencias sobre el terreno, ayudemos a desmitificar la GIP – haciéndolo menos abstracto, más relacionable y, en última instancia, más eficaz.

Agradecemos a nuestros socios su confianza, su apertura y su tiempo. Este proceso ha sido agotador, sí, pero también profundamente gratificante.